(...) Al buen tuntún nos revolcamos, jadeantes, babeantes, imperiosos como césares, perfectos robots de la lascivia, sobre el campo y pretexto de tanta furia, ¡la mujer! ánfora blanda de la voluptuosidad. Niños frenéticos, perseguimos el goce y lloramos de rabia si nos detienen en la carrera. Carrera que nos llevará a la triste, vergonzosa inercia y desencantada paz; al fin fuente agotada en la amargura. No sé el porqué –¿quién lo sabe?– de esa agrura de boca, de ese residuo mixto de asco y derrota. ¿Por qué, si es la naturaleza purísima de la propia bestia, la ley enorme de la vida, quien nos mueve cual el viento a las semillas?
El amor del hombre | Pere Quart















