Las horas se pasaban bastante lento, incluso con Indiana girando en su rueda todo hecho una bola preciosa de algodón. De a ratos, echado sobre la cama e ignorando olímpicamente ese ensayo de psiquiatría forense que no se iba a escribir solo, daba vueltas entre las sábanas, mirando la ventana y después la jaula de Indi, que había instalado sobre la mesa de luz. Qué vida fácil tienen las mascotas, pensó mientras se ponía de pie, y sobretodo Indiana, cuya existencia se reducía a moverse en aquella rueda y pasársela sobre la cama de Gaelle cuando él estaba en el dormitorio. Agarró el abrigo de los pies del lecho y se lo puso, tomó el atado de cigarrillos que descansaban en frente de la jaula y abrió el cajón de la mesita. Chasqueó la lengua, buscando el estuche que Brooklyn le había regalado y, después de revolver entre papeles y bolígrafos, lo halló, metiéndolo acto seguido en el bolsillo interno del abrigo. Suspiró, pensando en irse a algún lugar más apartado del campus para fumar porque en el dormitorio el olor terminaría impregnado en toda tela y digamos que, aunque parezca tentador, no es una idea agradable. Así que salió y, ya ahí fuera, echó a andar.
Y ahí estaba, ojos claros buscando alguna señal que lo hiciera echarse hacia atrás, volver al dormitorio y aguantarse hasta que la ocasión lo demandara. Alguna gente por ahí y por allá, muchísimo más interesados en sus cosas que en lo que fuera que ese blondo con pinta de no conocer lo que significa dormir hiciera. Divisó, más allá, un par de árboles que, por lo menos, le servirían de escudo (¿supuso?) y, antes de moverse, le echó otra mirada a la gente que seguía andando por allí. A uno creyó reconocerlo, relacionándolo con una visita nocturna a la biblioteca para leer a Goya. Creyó, por la mañana y durante un momento, que había sido parte de un sueño, pero ¡ahí estaba! Se acercó, sin pensarlo dos veces, y lo saludó con la mano mientras sus pasos se dirigían a los de él. —Eh, tú, Sal Paradise—dijo, mostrándose un tanto más emocionado de lo deseado porque, pensó, el castaño no se iría a negar y él, ante todo, prefería fumar en compañía a tener que hacerlo solo. —, ¿qué tal estás?