No podía dormir, no podía entrenar, no podía comer. No podía hacer nada. Sus tiempos eran malísimos, porque estaba distraido, y cuando se daba cuenta, se frustraba y dejaba la práctica a medias. Cuando trataba de comer, se le cerraba el estómago. Tenía pesadillas.
El problema era que estaba lleno de ira y frustración. Incluso estaba frustrado consigo mismo. ¿No debería ser capaz de lidiar mejor con la pérdida de un ser querido? Después de todo, había perdido a su padre.
De hecho, la muerte de Haru le recordaba al período en el que su padre recientemente había fallecido, como si alguien hubiera reabierto la herida, y de paso, le hubiera dado otra puñalada.
Ahora Rin se estaba desangrando.
Y mientras se desangraba, se las había arreglado para lastimar a todos los demás. Le había gritado a Nitori unas cuentas veces, y a pesar de que el chico no le había dicho nada, podía notar en sus ojos, lo mucho que le dolía.
También estaba ridículamente exigente con el resto del equipo, ya lo habían empezado a llamar demonio a sus espaldas, tanto así que Rin se había peleado con algunos de ellos. Tenía que detener eso de alguna forma.
Fue al cementerio al atardecer. El sol estaba cayendo y llenaba todo de una luz rojiza. Hacía frio, pues el verano había terminado.
-Mierda, Haru.- Dijo Rin ante la tumba, sentándose frente a la piedra y apoyando la frente en la fría lápida -Eres un imbécil, se suponía que...- Las palabras se quedaron en su garganta, y por más que intentó seguir hablando, no pudo.
Un sollozo salió de su boca, y luego otro. Antes de que pudiera pensarlo, estaba llorando frente a la tumba, con la cabeza gacha, y las manos aferrándose a ella. Era la pura imagen de la miseria, del dolor.