Ceremonia y su Interminable cúmulo de grandes expectativas
¿Qué es lo que más tomamos en cuenta para considerar a una “experiencia” como tal? ¿Nos referimos al término “fue toda una experiencia” al comentar algo memorable o simplemente como toda una travesía de circunstancias y complicaciones llevadas al límite en la vida común del ser humano?
El Festival Ceremonia se ha caracterizado desde su comienzo (en el ya lejano 2013) por saber distribuir el talento de proyectos dentro de la escena local, junto con artistas de recorrido y alto estatus, así como a productores y bandas que siempre es un placer tenerlos de regreso. Los estándares se han mantenido en la misma línea de trascendencia hasta hoy día, siempre cuidando la parte estética e integral en sus cometidos audiovisuales. Pero hay un pequeño problema que sigo sin comprender, ¿por qué realizar un festival de esta magnitud hasta el desprestigiado Estado de México? Se entiende la cuestión logística de tiempo y espacios, pero a muchos nos resulta innecesario que después de seis ediciones de éxito, no se pueda almacenar la misma ideología en un punto común y de fácil acceso.
Después de la experiencia del año pasado (donde el clima pudo haber causado una tragedia) los lineamientos debieron de haber tomado otra dirección. Y creo que mi cuestionamiento queda al descubierto en su asistencia, esta edición ha sido la de menor venta de boletaje en su corta historia. A pesar de ello, para muchos (incluyéndome), la poca asistencia siempre será un plus ante cualquier evento de estas magnitudes, la facilidad para desplazarse de un escenario a otro nunca fue tan placentero como el sábado pasado. En otras ediciones (y demás festivales) lo común es llegar de cuarenta a treinta minutos antes de que empiece un artista para poder estar en un lugar de privilegio tanto visual como sonoro. Todos teníamos espacio para bailar, ir por cervezas y regresar al lugar donde nos encontrábamos, mejor imposible. Pero a pesar de estas facilidades que nos regaló la gente que no asistió, el curador de los horarios es (una vez más) el “villano” del festival. ¿Cómo puede ser posible que Four Tet tuviera que terminar su set a las 2:40 am? Eso es no tener condescendencia ni respeto hacia el público, recuerdo haber visto muy pocas personas alrededor durante todo su set. Incluso Kieran se veía desmotivado y nunca hubo conexión con los asistentes (empalmar a Soulwax con Four Tet fue otro desacierto). Los horarios siempre han sido el mayor “problema” al que nos enfrentamos los asistentes a festivales, al parecer los curadores ni los propios organizadores terminan de comprender que para conjuntar una conglomeración de diversos artistas hay que conocerlos a fondo, saber equiparar los géneros musicales con las audiencias. Pero al final, el negocio es el que manda.
Sin duda alguna (a pesar de mi celebración por la poca asistencia) esta edición se ha quedado lejos de las mejores. ¿Soy el único que piensa que los actos (en general) quedaron a deber? ¿O fueron mis altas expectativas? No lo sé, pero de lo único que tengo certeza en que nadie logró cautivarme, o al menos en lo que tuve oportunidad de ver: Beck vino en su peor momento, con un disco que parece haber contradicho desesperadamente la impecable reputación de un artista que no tiene nada más que demostrarnos. Caribou es una banda que supera en vivo su calidad, pero darles sólo una hora de set no les hace justicia, y menos habiendo tan pocos actos dentro del festival como el suyo. Arca es toda una experiencia, pero todos quedamos confundidos cuando resultó que se trataba únicamente de un Dj Set, algo que no se especificó (nuevamente) en los horarios. Poner a King Krule a las 8:25 tampoco se entendió. Four Tet (uno de mis productores favoritos) se sintió muy pausado y ajeno a las circunstancias, no sé si se trató del cansancio en el público, pero todo concluyó con mucha tensión.
Es la primera edición en la que colocaron cuatro escenarios para distribuir a sus artistas, decisión que funcionó y todos aplaudimos. Sus distancias eran muy cortas para ir de uno a otro y (que recuerde) jamás se intercalaron audios entre ellos. El sonido en cada uno de sus escenarios fue impecable, no recuerdo alguna edición en la que eso haya generado problemas. Los puntos de venta y baños también fueron colocados estratégicamente a la perfección, no había necesidad de ir muy lejos de tu lugar para llegar a ellos. La venta de alcohol con pago previo (pulsera con efectivo), ha funcionado a reducir (en potencia) las largas filas que hacían perder nuestro tiempo.
Como en todo, Ceremonia tiene sus ambivalencias, pero su relevancia sigue vigente por mantener una tendencia musical con la que muchos nos identificamos, siempre esperamos la develación del lineup con la convicción de que por lo mínimo habrá dos o tres actos por los que valdrá la pena pagar el boleto. Es un festival de renombre y esperemos que su grandeza siga dando a conocer a nuevas generaciones la música que tantas experiencias nos ha regalado. La experiencia, sean circunstancias desfavorables o totalmente complementarias, hay que tomarlas como aprendizaje y a pesar de que musicalmente muchos de nosotros no quedamos satisfechos, el deporte de “festivalear” es una razón ya en su mismo concepto. El rodearse de personas que comparten la misma pasión por la música, así como la empatía que genera tanto dentro y fuera de nosotros, son pocas cosas las que pueden equipararlo.