Odio los días de barbacoa. Hace unos días fui a casa de unos amigos de mi hermana para comer. Una vez al mes se juntan unas cuantas familias con hijos de la urbanización en la casa de alguna de ellas a hacer barbacoa. María me comentó que este sábado tenían una y que yo debía ir con ellos. En un principio no me pareció del todo mal. Saldríamos al jardín, pondríamos música, Arturo demostraría a su familia y al resto de amigotes que es un hombre capaz de encargarse del fuego y de la carne. Un puro hombre de las cavernas. María estaría con el delantal puesto entrando y saliendo para ayudar a la anfitriona y al resto de esposas a prepararlo todo. Yo me quedaría con Álvaro sentado al sol, quizá con algún adolescente más, mientras Ángela estaría pululando como siempre, tocando un poco las narices a todo el mundo. Esperaba que no hubiera muchos niños de su edad. La idea se me hacía hasta atractiva. Me pondría mis gafas de sol, sacaría una cerveza, podría fumar fuera sin distracciones y podría hacerme un poco más amigo de mi sobrino. Le daría a beber de mis latas, le hablaría de chicas y de sexo, de salir de fiesta por Madrid y probablemente yo acabaría borracho antes de que la comida estuviera servida.
Pensaba evitar a cualquier persona mayor de 25 años, como suelo hacer normalmente. Todas mis fuerzas estarían centradas en no hablar con ningún adulto, sentarme cerca de la bebida y rezar por que los dueños de la casa me dejaran fumar en el jardín.
Una vez allí, mi hermana besó a todos sus amigos y Arturo estrechó la mano de todos los jóvenes padres. Apenas había adolescentes, solo una chica de unos quince años que enseguida se metió en la cocina con el resto de mujeres. Todos los menores eran de la edad de Ángela, y probablemente mi hermana conociera a toda esa gente de las clases extraescolares. María me miró fijamente y me prohibió que bebiera alcohol. Me pidió mi paquete de tabaco y el mechero. Álvaro se puso con su padre y el resto alrededor de las brasas y sentí que iba a morir. Deseé que nadie se diera cuenta del principio de mi síndrome de abstinencia. Deseé que nadie me viera derretirme y mezclarme con el verdor del césped. El sol apretaba y Álvaro no hacía más que traerme Coca-Cola. “Tienes mala cara, tío. ¿Te encuentras bien?”.
Miraba a todos esos gilipollas, sacados de los catálogos de muebles de las ciudades de provincias beber como inútiles, fumar como puteros, reír y jactarse con bromas de mal gusto y el sudor frío resbalaba por mis sienes. “Álvaro, hijo, hazme un favor. Róbale tabaco a alguno de estos imbéciles y acompáñame fuera. Creo que voy a vomitar”. Me llevó directamente a la calle y sacó un paquete del bolsillo de su pantalón de trapero. Yo estaba pálido, amarillo.
- No esperaba esto de ti, sobrino.
- Hay muchas cosas que no sabes de mí.
- Pensé que vendría algún amigo tuyo. Esto es insoportable.
- Mis amigos están de resaca. Sus padres no son como los míos.
Fumamos mirando al horizonte y sentí resucitar. Nos quedamos callados y cuando tiró la colilla volvió a sacar el paquete.
- No está muy cargado. Para fumar por las mañanas me los hago muy chiquititos. Toma enciéndelo.
Encendí el porro y golpeé a Álvaro en la rodilla. El humo bajó directo a mis tobillos, a mi estómago. Hacía más de quince días que no probaba la maría y sabe maravillosa.
- Escucha, hijo. Voy a largarme de aquí. Nos fumamos esto y me vuelvo a casa. Cuando te haces viejo es insoportable estar en sitios como este. Es absurdo estar en un lugar que no quieres, Álvaro. No pases nunca por el aro.
- Mi madre se va a enfadar muchísimo. Será mejor que tengas una buena excusa cuando lleguemos de vuelta.- Sacó otro porro pequeño y me dijo – tengo espray anti olores en mi habitación. Funciona si lo usas con la ventana abierta.