En mi reciente periplo por las tierras de San Luis Potosí, me topé con un viacrucis silencioso grabado en la piel misma del paisaje. No eran estaciones de redención, sino un laberinto de maderos retorcidos, una procesión de cruces de madera que se erguían como centinelas de un secreto ancestral. A cada paso, en cada recodo del camino, sus presencias sombrías me acechaban. Se aferraban a los postes de luz, cual garras de madera que buscaban el cielo plomizo. En las paredes de las viejas casonas, se incrustaban como estigmas que sangraban historias olvidadas. Incluso los árboles, guardianes milenarios de la tierra, llevaban consigo la marca de la cruz, como si la naturaleza misma estuviera condenada a este suplicio eterno. ¿Qué pecado original habían cometido estas tierras para merecer tal penitencia? ¿Qué antigua maldición pesaba sobre sus habitantes, obligándolos a sembrar el camino de cruces como si de un camposanto sin fin se tratara? No había respuestas en el viento que soplaba a través de los maderos, solo un susurro melancólico que parecía evocar lamentos de tiempos remotos. ¿Era este viacrucis silencioso una manifestación de fe inquebrantable, o el reflejo de un miedo ancestral que se transmitía de generación en generación? No lo sé. Pero lo que sí es cierto es que estas cruces de madera, con su presencia sombría y su simbolismo oscuro, han quedado grabadas a fuego en mi memoria, como un viacrucis personal que me acompañará por siempre...











