UN MERCADO ES UN MERCADO
Mexicali es una ciudad fronteriza con USA. La visité por última vez y padecí su infernal calor de más de cuarenta y cinco grados en el año 2004. En esa ocasión conocí el Mercado Municipal que daba muestras de estar en vías de desaparición: escasa clientela y muchos locales vacíos. Algo que lo animaba era un espacio en la planta alta que la municipalidad había cedido a la Cooperativa de Artistas Plásticos José García Arroyo. Ahí trabajaban y vendían su obra, entre otros, la maestra Ruth Hernández Ortiz. Era la zona más dinámica, más esperanzadora para la conservación del mercado; noté que era algo así como el hogar para algunos de mis colegas. Me tocó presenciar cuando a uno de los maestros le hacían el corte de pelo ahí mismo. Apenas me he enterado que el mercado desapareció y la cooperativa tiene ahora un nuevo espacio.
Entre más se acerca uno a los estados fronterizos del norte, más se nota la influencia de nuestros vecinos: existencia de grandes centros comerciales, cadenas de tiendas de autoservicio multinacionales y menos mercados tradicionales. Los Super Market van ganando la batalla. Menciono algunas grandes diferencias: cada empresa que tiene regados sus almacenes por todo el país pertenece y es negocio de un solo personaje. O a lo mucho también de su familia y unos cuantos socios inversionistas. Hablamos de cientos o miles de millones de pesos en inversión. Por el contrario, en un mercado tradicional cada puesto o local es concesionado a un locatario. Claro que puede haber familias con varios puestos, pero no hay comparación.
Lo que sucedió históricamente en México fue una hibridación entre los mercados españoles y los tianguis mesoamericanos. En el barrio de Triana, en Sevilla, hay un mercado junto al río Guadalquivir. Es impecable en su limpieza, en su diseño con amplios e iluminados pasillos. Es pequeño, pero en su interior alberga muy variadas especialidades que conviven en santa paz: las obligadas frutas y verduras, semillas, floristería... En ese entonces, dos letreros me parecían extraños: charcutería (que no es más que una tienda de jamones y demás embutidos) y confitería (el equivalente a una mezcla entre dulcería y panadería de acá). Me sorprendió encontrar una peluquería. Ahí me cortaba el pelo Álvaro, amable hombre aficionado al arte y a la filatelia. Cuando fui a despedirme de él, poco antes de mi regreso a México, me regaló una planilla de estampillas postales españolas. Esa calidez jamás se sentirá en los pulidos y gélidos almacenes de autoservicio.
Hace mucho que no visito los Estados Unidos de Norteamérica, pero me han contado que existe un género de comercio callejero al que llaman flea market (mercado de pulgas). Es lo más parecido a los tradicionales tianguis callejeros que nuestros paisanos pueden encontrar allá.
Preocupa que no busquemos preservar ese patrimonio ancestral, ese modo de comerciar más democrático y justo. En su afán de querer comerse al mundo, alguno de los grandes corporativos ha rotulado su cadena como “mercado”. No debiéramos acostumbrarnos. Como legalmente es muy difícil inconformarse y ganar la batalla en defensa de la denominación de origen, hagámoslo de facto escupiendo el anzuelo. Una intención mercadotécnica no es en realidad la esencia de ese gran negocio. Dar preferencia al consumo en los comercios locales, en la miscelánea de la esquina, como dijo alguna vez el periodista Ricardo Rocha, es preferible. Lo que no consigamos en ellos, entonces sí, a buscarlo en las tiendotas. Es lo que procuro hacer. Por eso digo que no hay que confundirse: un mercado es un mercado.
















