Lo que menos le gustaba del turno nocturno en el café, era que el jefe siempre la designaba para cerrar el local y hacerse cargo de las llaves. Era un fastidio porque nunca faltaba la persona que llegaba a pedir café justo cuando ella se estaba marchando. Esa noche no fue la excepción. Cuando estaba terminando de acomodar las sillas sobre las mesas, por el rabillo del ojo vio la silueta de una rubia cruzar la puerta. “Lo siento, ya estamos cerrando,” le dijo. Cuando se giró para verla, su cara de sorpresa fue imposible de esconder. “Oh...” musitó muy bajito. Aquella chica se parecía tanto a alguien que había atendido hace tiempo. Y, al mismo tiempo, lucía tan diferente. “Lo siento, amiga, tengo que cerrar,” repitió. Definitivamente no quería enfrentarse a ella otra vez. [ @constlaciones ]







