Aunque Philip Kotler representa el punto de inflexión teórico del marketing moderno—dotándolo de legitimidad académica, estructura conceptual y lenguaje tecnocientífico—su aporte no constituye una ruptura ética, sino una refinación simbólica del mismo impulso de siempre: conocer, segmentar, moldear al consumidor. Ya antes de los años 60, figuras como Bernays, Watson y Hopkins habían comenzado a explorar la psicología del público con fines persuasivos. El marketing pre-Kotler era más explícito, casi brutal en su manipulación. Kotler, en cambio, lo vistió con estadísticas, modelos econométricos y promesas de servicio, convirtiendo la predicción del consumo en una forma más elaborada de producción del deseo. Así, el marketing no se volvió más ético, sino más elaborado, más cuantificable, más enrevesado. El fondo sigue siendo el mismo: diseñar subjetividades en función del mercado.