Parasitando la afortunada frase inicial de Anna Karénina, cabría decir que “todas las estimaciones electorales con final feliz se parecen; las que resultan desdichadas lo son cada una a su modo”. Y así es: no hay un relato único que sirva para todos los casos en que, como ha ocurrido ahora, la práctica totalidad de los pronósticos conocidos quedan desmentidos en la noche electoral.
Cada vez que los sondeos electorales yerran (o mejor dicho, cada vez que erramos quienes tenemos por oficio la interpretación de lo que nuestros conciudadanos acceden a contestar en las encuestas para, a partir de ahí, tratar de estimar su comportamiento final más probable) se debe a factores que solo se perciben con claridad a posteriori, es decir, cuando la cosa ya no tiene remedio. Y lo peor es que esta “autopsia” de lo pronosticado solo sirve para explicar las causas de ese concreto caso, pero ayuda poco o nada a prevenir que algo parecido pueda volver a ocurrir en otro.
Nunca hay dos elecciones exactamente iguales, cada una es un mundo en sí misma, y lo que en cada ocasión se aprende no se puede trasponer, automáticamente y sin más, a la siguiente. De ahí la contumacia con que los encuestólogos repetimos que el análisis de datos de opinión constituye solo un arte estimatorio y en modo alguno una ciencia exacta; que las encuestas y sondeos no son instrumentos predictivos sino descriptivos; que solo proporcionan fotos fijas (por tanto, susceptibles de caducidad temporal), y más o menos claras o borrosas, de los estados de opinión, lo que hace precisa una interpretación experta, pero no infalible (la famosa “cocina”); y que, en consecuencia, el yerro en las conclusiones que finalmente se proponen nunca puede quedar del todo excluido, por claras que las cosas parezcan.