Me recuerdo siendo muy pequeña, tan pequeña que no alcanzaba a ver por encima de la mesa. Había un globo de nieve, y en su interior vivía un pingüino diminuto. Me preocupaba por él; me parecía un ser atrapado, solo, condenado a repetir siempre la misma escena. Mi papá me dijo que no me angustiara, que ese pingüino tenía una vida agradable, que estaba dentro de un mundo perfecto. Yo quería creerle.
Para mi cumpleaños me regalaron una cámara. Me fascinaba la manera en que una fotografía podía guardar un instante antes de que desapareciera para siempre. Pensé que eso era lo que quería hacer cuando creciera: ser fotógrafa de vida salvaje. Me imaginaba siguiendo la pista de elefantes y rinocerontes, esperando horas por una sola toma que valiera la pena. Pero por el momento tenía que conformarme con la ciudad, con sus esquinas ruidosas y sus calles que parecían repetirlo todo.
Mi abuela decía que yo tendría una vida larga y feliz porque una vez salvé a mi hermano. Como siempre, mi abuela se equivocó.
Mi apellido es Salmón, como el pez. Me llamo Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973.
Todo pasó antes de que las fotografías de niños perdidos aparecieran en los envases de leche, antes de que estas noticias fueran parte de la vida diaria. Fue en una época en la que la gente creía que cosas así no ocurrían, o que solo sucedían muy lejos, a otras personas.
Pero no estaba a salvo. Un vecino me estaba observando y, si no hubiera estado tan distraída, tal vez habría notado que algo andaba mal. Yo solía sentir un presentimiento, una especie de cosquilleo cuando algo no era correcto. Esta vez no lo escuché.
Mi asesino era alguien del vecindario.
El señor Harvey me obligó a quedarme quieta debajo de él y a escuchar los latidos de su corazón y los míos. El mío daba brincos como un conejo atrapado; el suyo sonaba opaco, repetitivo, como un martillazo contra tela. Yo sabía que iba a matarme, aunque no entendía que ya me estaba apagando, como un animal acorralado que respira por última vez sin darse cuenta.
Me quitó el gorro que me había puesto en la boca. Me pidió que le dijera que lo quería, y se lo dije en voz baja. El final llegó igual.
Sentí que me resbalaba, como si la vida se me escapara entre los dedos. Pero no tenía miedo. Recordé que había algo que debía hacer, un lugar al que quería ir. No sabía cuál era, solo que debía alcanzarlo antes de perderme del todo.
Mi asesino también empezó a sentir una especie de seguridad después de matarme. Pensó que la gente seguiría con su vida, que olvidarían, que nadie sospecharía de él. Pero había algo que no entendió: no comprendió cuánto puede amar un padre a su hija.
Estoy en un horizonte azul entre el cielo y la tierra. Los días no cambian. Cada noche sueño lo mismo: el olor de la tierra húmeda, el grito que nadie escucha, mi corazón golpeando como un martillo. Oigo las voces de la muerte llamándome. Quiero seguirlas, encontrar la salida, pero siempre regreso a la misma puerta. Me asusta abrirla, porque sé que si entro no volveré.
Mi asesino no puede vivir así mucho tiempo. Sobrevive alimentándose de recuerdos, repitiendo cada imagen una y otra vez. Es un ser sin rostro, vacío. De pronto lo siente: el hueco interior regresa, la necesidad vuelve a nacer en él como si nunca hubiera sido saciada.
Sofie Siquetti, Pensilvania, 1960: era su arrendadora.
Jackie Mayer, Delaware, 1967: acababa de cumplir trece años; su cuerpo fue hallado en un desagüe al lado del camino.
Lia Fox, Delaware, 1969: ya estaba muerta cuando lanzó su cuerpo al río.
Lana Johnson, Pensilvania, 1960: la encerró en una cabaña que construyó en las afueras; era la más joven, tenía seis años.
Flor Hernández, Delaware, 1963: solo quería tocarla, pero ella gritó.
Denisse Liang, Connecticut, 1971: trece años; desapareció mientras esperaba a que su padre cerrara su tienda.
Susie Salmon, Pensilvania, 1973: catorce años; asesinada en un cuarto que él construyó bajo tierra.
Nadie notó el momento exacto en que nos fuimos. Si acaso, alguien sintió un susurro leve, una pequeña ondulación en el aire. Eso fue todo.
Mi apellido es Salmon, me llamo Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973.
Estuve aquí un momento y luego me fui. Te deseo una vida larga y feliz.
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