No sé que tiene la noche que me hace pensar en ti, en esas conversaciones en dónde nuestras almas se desnudaban y se unían llenando de luz mi corazón.
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No sé que tiene la noche que me hace pensar en ti, en esas conversaciones en dónde nuestras almas se desnudaban y se unían llenando de luz mi corazón.
«¿Deben ser convocadas las bellas artes al desocultar poético? ¿Debe el desocultamiento interpretarlas más primigeniamente, para que así protejan por su parte el crecimiento de lo salvador, para que despierten y funden de nuevo la mirada y la familiaridad con lo confiante acordador [Gewährende: otorgante]?
Que al arte le esté confiada y otorgada esta, la más alta posibilidad de su esencia en medio del peligro más extremado, nadie puede saberlo. Sin embargo, nosotros podemos admirarnos. ¿De qué? De la otra posibilidad, de que por todas partes se establezca el frenesí de la técnica, hasta que un día, por entre todo lo técnico, la esencia de la técnica esencie el advenimiento [Eregnis] de la verdad.
Porque la esencia de la técnica no es nada técnico, la reflexión sobre la técnica y la contraposición decisiva con ella, tiene que tener lugar en un ámbito que, de un lado, está emparentado con la esencia de la técnica y que, de otro, es, sin embargo, fundamentalmente distinto.
Tal ámbito es el arte. Por cierto, siempre y cuando la reflexión artística, por su parte, no se cierre a la constelación de la verdad, tras la cual vamos [fragen: preguntamos].»
Martin Heidegger: La pregunta por la técnica, en Filosofía, ciencia y técnica. Editorial Universitaria, pág. 94. Santiago de Chile, 2017.
TGO
@bocadosdefilosofia
@dias-de-la-ira-1
La credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Su deseo de no ver la realidad, sus ansias de un espectáculo alegre, aún cuando provenga la más absoluta de las ficciones, y su voluntad de ceguera no tienen límites. Son preferibles las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a afrontar el desvelamiento de la crueldad de lo real que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Para conjurar la muerte, el homo sapiens la deja de lado. A fin de evitar resolver el problema, lo suprime. Tener que morir sólo concierne a los mortales: el creyente, ingenuo y necio, sabe que es inmortal, que sobrevivirá a la hecatombe universal...
Michel Onfray