Invisible y dolorosa.
Muchas veces, en nosotros llevamos marcas. Marcas visibles o invisibles. Claros ejemplos de aquellas que son visibles puede ser, cuando nos golpeamos, y comienza a aparecer poco a poco algo en tonos morados. El famoso y molesto moretón. Que lleva días y muchas veces semanas, dependiendo del grado del golpe que fue, en irse. Y duele. Si te tocan ahí, duele. También tenemos las cicatrices que, forman parte de este rango. Muchas veces, necesitan ser cocidas, y otras, con el tiempo se cierran. Pero hay algunas que nunca, a pesar del tiempo o distintos cuidados y sanaciones que se tengan, se cierren o se van. Estás mismas son invisibles. Es decir, uno observa a la persona y a primera vista no se da cuenta que tiene algo abierto. Una marca. Una herida sin curar. Ya, si es alguien cercano o que conoces muy bien, o que tenes el don de darte cuenta cuando este mal, es otra cosa. A simple vista no las ves. No se notan. Solo la persona que lo tiene lo ve. Lo siente. Vive con ella . Y que doloroso es. Porque no es fácil quitársela. Que dolorosa es la soledad. Que triste es la soledad. Que complicado es sacársela. Que marca tan habitual en muchas personas. ¡Y que engañosa es! Porque podes pensar que teniendo o conociendo muchas personas no estás solo. Que al tener muchos amigos, nunca lo vas a estar. Y no. No es así. Cuando menos te lo esperas, descubrís que estás solo. Que no tenes a nadie. Y es ahí cuando estas en riesgo. Porque eso sí que se nota a simple vista. La falta de compañía. De amigos verdaderos. De gente con buen corazón y de buenas vibras. Eso sí que es fácil de observar. Y es oscuro. Es triste. Difícil de remover. También, raro en descubrir. Por eso hay que observarse uno mismo. Y preguntarse si tiene una marca. Preguntarse si le dejaron una. Si están solos. Si la soledad está presente. Y si así lo es, comenzar a mirar al rededor. Empezar a alimentarse de almas buenas, buenas compañías y solidarias. De gente que sume y no reste. De compañía y no de soledad.














