Cuatro Veces Heroica Puebla de Zaragoza a 22 de mayo de 2018
Mi niño Chávez:
En esta te escribo para contarte de lo más interesante, un nuevo aprendizaje que añadir a los que me ha enseñado tu ausencia. Y ya no debo decirlo más porque nada lo grita como una carta, pero: te extraño, quiero volver a estar a tu lado; quiero volver a besarte y escuchar tu respiración agitada después; quiero verte sonreír; quiero escuchar tu voz y que me cuentes de tu vida mientras permanezco atento. Dime algo de ti, hazme saber que estás bien y me harás el ser más feliz.
No significa: no, supongo. Analizo la idea una y otra vez; contigo no se aplica —si en algún momento llegaste a pensarlo—, tú no me diste una negativa, si acaso tuve que leerla entre líneas o asumirla al través de tus acciones. ¿Hubiera preferido el no? Tener que aprender a lidiarlo; y la ventaja, si me arrimaba al apego, como siempre sería tuya. Tú me otorgaste la esperanza de una promesa lejana. Una “suspensión” ¿durante cuánto tiempo? No lo sé, ni siquiera tengo la certeza de algún día saber cuándo termine esa espera.
Hoy en el gimnasio D. me invitó a cenar, acepté, de primeras porque creí que no seriamos solo él y yo. Iríamos a un sitio al lado de la carretera, no lo supe hasta que estábamos ahí; y luego me vendría a dejar a mi casa, nada de novedad en eso. Pero sucedieron dos situaciones que me pusieron muy analítico; juzga tú:
a) Llamamos la atención de las personas en el local de comida y me puse muy incómodo, menos por la mera razón de las miradas que por el hecho de haberme percatado de ellas.
b) Intento besarme: a la fuerza.
Hablemos del acontecimiento uno: se trata de instante de iluminación. El aprendizaje de valorar, más de comparar en realidad, surgió para golpearme como una ola. Hace algunas cartas te dije que el orbe desvanecía su significación en la nada cuando me encontraba junto a ti; la proposición anterior se me afirmó cuando entramos D. y yo al comedor, acaeció que a pesar de mi ligera ceguera, notaba que de vez en vez, hombres y mujeres en las mesas a nuestro derredor se detenían a mirar la nuestra, suceso fugaz, así que decidí no otorgarle demasiada atención. Momento que arrancó reacción de mi parte fue en nuestra salida, cuando se obviaron todas las almas en el recinto: meseros, cocineros y hasta los vieneviene que estaban cerca de la entrada, los ojos fijos me quemaban la ropa y me desnudaban. Me sentí: obvio.
Nos refiero a ti y a mí, entrando y saliendo del café, no recuerdo si había mucha gente; los escasos besos bien plantados en la jungla que es el gimnasio; el atasque dentro de tu coche, frente al puesto en donde se amontonaba la gente, todos se dieron cuenta de que éramos dos hombres dándose un beso apasionado, aderezaste la situación gritándome “PUTO” antes de que cerrara la puerta del auto cuando me bajé; me lanzaste un sonrisa sublime como las que puedes y caminé feliz hacia mi casa, sin pensar o siquiera mirar las reacciones de nuestro público. Anoche no sucedió eso.
De nuevo: No significa: no. Lo segundo sucedió en el coche de D., cuando estábamos afuera de mi casa. Le dí las gracias por la comida y me quise despedir de él con un abrazo —un apretón de manos, como los que le doy siempre, me pareció demasiado formal y un beso en la mejilla demasiado comprometedor—, opté así por una estrechamiento rápido, un estrujón y fue en ese instante cuando se prensaron sus brazos a mi cuerpo, me dio un beso en la mejilla y luego otro y otro, con cada uno se acercaba a la comisura de mis labios, los que son solo tuyos; me pude soltar y cuando alejé mi cara acercó la suya para intentar de nuevo robarme algo que jamás será suyo, me reí de nervios y pude decir “No quiero”, otra risita se me escapó y salí rápido del auto. A la mitad del trayecto a la puerta de mi casa bajó su ventanilla para hacerme una nueva invitación, para que saliéramos mañana. No puse atención a nada de lo que berreó, asentí con ademán y me metí.
Ahora deseo con unas ganas que no puedo describir que estés aquí; que le digas algo, que pongas un alto, menos por mi inhabilidad para defenderme que por el goce de verte a ti haciéndolo. ¿Lo harías o lo dejarías pasar por la nula competencia que D. tiene contigo? Al poco rato me envió unos mensajes, esperando que pudiera perdonar su “broma”. ¿Invadir el espació personal de alguien es una broma?
Es muy tarde, la noche se agota pronto y el cielo se nutra de luz. Me despido, con dos besos. Ojalá alguien allá te esté besando, para que esos labios no se marchiten y se mantengan activos.
Tuyo S.
P.D: ¿Y qué más?












