Si soy lo que amo, soy gilipollas.
Si alguna vez tengo una hija, espero poder agarrarle de las muñecas y decirle que yo no pasé hambre en ninguna guerra; pero me enamoré de ti.
Yo viví el amor, como el que muere de una enfermedad con esperanza de vida. Escuché a toda la humanidad aplaudir el redoble de tambores de nuestro primer beso. Perdí el miedo a los trayectos largos, me tiré al mar; porque estaba cansada de piscinas mediocres de barrio. Yo experimenté las meriendas de fresas y nata servidas a media luz sobre el ombligo de mi mundo. Relamí los desayunos a la hora de comer. Llevé con el tacto de las alas de una mariposa todas sus camisetas. Y todos los pijamas que íbamos intercambiando con el suelo. Sonreí a su ropa interior en mi colada, cambié dormir entre ansiolíticos por hacerlo entre sus brazos. Sus manos, sus manos fueron mi química favorita. Yo endulcé la violencia del sexo con amor, lo devoré hasta la náusea de polen y violetas. Yo follé como una prostituta a la que le pagan con un helado de vainilla, con el amor mirándonos curioso tras la puerta. Yo viví la espera tibia del próximo contacto con su lengua. La punta de esa lengua era la otra del mundo. El hierro clavándose en las despedidas de andenes y aterrizajes forzada. Me corté el pelo. Morí el desgarro del abandono, como un ejército que llora la retirada del contrario. Como una gilipollas. Sujeté mis rodillas en la ducha. Cuántas veces me habré limpiado con todas las cascadas de horror que se me han escapado por los ojos. Fui tirana, grité a los amigos que no comprendían que así había de serlo, porque una enamorada es una tirana de sí misma que pertenece a otro. Una gilipollas. Me teñí el pelo, pedí el auxilio de la enamorada, ese que se pide pronunciando en el tono correcto un: 'estoy perfectamente b i e n'. Viví en todas las ciudades que se hubiesen atrevido a rozarle antes los pies, planeé todas mis mudanzas a donde se dejase caer la ropa cansada el resto de sus noches. Me imaginé diciendo 'sí, quiero' en el altar en el que le subí desde el primer día que me lo dijo a mí. Porque quería. Y tanto que quería, porque yo he amado. Como una gilipollas. Fui secreto, como un chicle de manzana ácida que no quiere ser descubierto en un colegio infantil. Pedí perdón donde ya no quedaba nada, no rogué que me lo pidiesen a mí. Como una gilipollas, que sabe, repito; que ya no queda nada. Me volví a cortar el pelo. Rechacé las miradas de aprobación a mis huesos de medusa y deseé como quien implora que existan las hadas, que volviese a lamerlos. Ahora sólo quedan estos, llamando a la puerta a través de mi piel. Pidiéndome carne, viva o muerta. Ahora mi corazón es una muñeca rusa de vudú. Capas y caparazones rotos, toques donde toques, estás haciendo daño a alguien que siente algo. Por mí, que ya no siento nada. Ahora miro con respiración tranquila y asistida cómo el pelo crece y me muerde los hombros. Y sólo espero que se vaya a la mierda y no nos crucemos. Que le den por culo y no se queden. Ni a dormir.
- Irene X















