eviternos. #4
Un agudo silbido sacó a Abigail de su trabajo.
Una serie de códices y papiros se apilaban de forma desordenada sobre su mesa. Las hojas eran de piel de cabra, oveja o vitela en los tomos más distinguidos y el papiro crujía al desenrollarlo. Algunos estaban rotos, quemados o corroídos por la humedad, pero cualquier tipo de inclemencia no solía ser problema para ella. Desde el día en el que había abandonado a su familia, había dedicado todo su tiempo a la traducción, interpretación y restauración de escritos antiguos. Encargos le llegaban de todas partes y aquello le servía tanto para aprender como para procurar que el conocimiento existente, acertado o erróneo, no se perdiera. Cualquier manuscrito que pasaba por sus manos era estudiado, analizado y más tarde copiado para ser guardado. Era capaz de recordar a la perfección libros enteros escritos en lenguas muertas y olvidadas meses después de haberlo transcrito o restaurado para el comprador.
Los tarros tintinearon. El pequeño cristal que acumulaba la luz solar tembló, proyectando nuevas sombras sobre un viejo papiro.
Los jeroglíficos se amontonaban en columnas verticales y cada símbolo miraba a la derecha. Leía los textos meticulosamente, transcribiéndolos a lengua de brujas. A pesar de no vivir en comunidad, su raza tenía una lengua común aunque carecían de alfabeto, por lo que intentaban adaptar la simbología humana a su idioma. Eran criaturas de sabiduría, y a pesar de que pocos de los suyos dedicaran exclusivamente sus vidas a pensar y redescubrir el conocimiento, prácticamente todos tenían una amplia base del saber.
Eran sabios, pero vivían condenados a la desaparición.
El cuerpo de Abigail reaccionó a aquel destino desafortunado con un simple suspiro.
Cambió las escrituras que tenía delante por otras que tenía debajo. Estas eran una copia incompleta de los Textos de los Sarcófagos, precursor del Libro de los Muertos. Tan solo eran un repertorio de conjuros, encantamientos e incluso súplicas grabados en el féretro dentro de la pirámide de Teti para ayudar al faraón en la Duat, el inframundo egipcio.
Buscó el punto en el que se había quedado anteriormente y mojó la pluma en el tintero. Sus pupilas volaban por los símbolos. Nombres de dioses, faraones, palabras de ayuda y halagos. Rezos de criaturas temporales, atadas a las telarañas del tiempo.
«¿Tan importante era?» pensó Abigail, recorriendo la novena línea con los ojos y transcribiendo aquellos glifos a una variante sencilla pero indescifrable del futhark antiguo, tal y como había pedido su cliente.
No le había comentado el motivo por el cual quería aquellos papiros, aunque podía discernirlo. Muchos druidas todavía se sentían fascinados por las ideas de los egipcios y trataban de comprar sus remedios con los bálsamos de los habitantes del desierto, pero eran incapaces de comprender su lengua y por eso necesitaban un intérprete.
«Druidas». Estuvo a punto de sonreír con una pizca de malicia.
Para ellos, aquella curiosidad era vergonzosa y el hombre había intentado ocultar qué era tapándose el rostro y cambiando la tonalidad de su acento. Aun así, su forma de hablar y su olor lo habían delatado. El aroma a encina y brezo eran tan distintivos en ellos como los colores eléctricos y profundos de sus ojos.
Volvió a leer la novena línea. Había un detalle que no le cuadraba. Un símbolo, una idea. Algo que se le escapaba, brillando en el umbral de su conciencia, pero negándose a traspasarlo.
El siguiente silbido fue más largo que los anteriores y vino acompañado de un golpeteo en las puertas de madera. La idea se fundió en su conciencia. De un pequeño salto bajó del alto taburete y se dirigió a la entrada. Corrió el enorme cerrojo y abrió una de las puertas.
El viento soplaba, no rugía, pero en ocasiones unas ráfagas se aceleraban entre las otras y producían aquellos penetrantes silbidos. Corax revoloteó molesto hasta sus pies: una brusca corriente ascendente lo había sorprendido mientras llamaba a la puerta y lo había lanzado a gran altura.
El pelo de Abigail se agitó con las corrientes.
El cuervo saltó al primer escalón y con un par de aleteos para suavizar su caída entró en el calor del mausoleo.
Abigail miró el cielo. No existía celeste en el la cúpula y la línea del horizonte parecía prenderle fuego a la tierra. De la nada surgían enormes nubes de humo y ceniza que descargarían agua durante horas. Los mechones flojos de su coleta, justo aquellos dos que enmarcaban su fino rostro se soltaron y bailaron libremente, jugando con el viento inclemente.
Un graznido molesto le llegó desde el interior. Sin retomar sus cavilaciones, Abigail entró, dejando que las puertas se cerraran por sí solas.
Susurros en su interior le decían que no sería grato salir esa noche.
El ave que siempre la acompañaba estaba en su percha arreglándose las plumas del pecho con el pico. Gotas de agua caían de sus alas ligeramente abiertas.
—Corax, puedes acercarte al fuego —dijo Abigail cuando el animal volvió a sacudir de forma ruidosa las alas para librarlas del agua.
Con un pequeño vuelo se posó en las piedras tiznadas del hogar.
Abigail movió la percha y la dejó cerca del fuego, al tiempo que se quedaba encandilada con el juego del reflejo de las llamas sobre las plumas del ave. Proyectaba una sombra larga y delgada, desproporcionada para su pequeño cuerpo de cuervo macho adulto.
Con la misma calma y sencillez que la caracterizaban, volvió a su taburete y continuó su trabajo. Extendió de nuevo el papiro, murmurando las palabras de una antigua canción. Tres versos completos acababan de salir de sus labios cuando Corax la interrumpió con otro graznido, más insistente que el anterior.
Revoloteó nervioso hasta su mesa y volvió a graznar.
—Corax, tengo que trabajar —murmuró, intentando apartar al pájaro con una mano.
El animal picó su blanca piel y agitó las alas negras a modo de advertencia.
—Corax —dijo Abigail, pero no añadió nada más.
El cuervo subió a pequeños saltitos al montón de papiros y códices y sacó otro tubo egipcio. Lo tiró delante de la chica e intentó abrirlo, soltando un graznido de frustración e indignación al no lograrlo. Abigail lo cogió y lo extendió ante la mirada torva del pájaro. Estuvo a punto de reír, pero se contuvo al observar el papel.
Los jeroglíficos eran completamente normales, pero cada seis líneas, se repetían hasta ocupar todo el papel. Acercó la nariz al papiro. Desprendía un olor metálico y tardó un momento en darse cuenta de que no era un único papiro lo que sujetaba. Era más pesado, casi como si hubiera algo dentro de la fibra natural. Lo observó a contraluz, pero era completamente opaco, lo que confirmó sus sospechas.
Incluso siendo más falso que una moneda de cartón-piedra, dudó al acercar una cuchilla para rascar la superficie del pergamino. Quizá sí había algo…
Corax le graznó, impaciente y enfadado.
—Voy…
Abigail y el ave prestaban absoluta atención a aquel trabajo y comenzaba a verse el interior del papiro cuando las puertas giraron sobre sus goznes con violencia. El viento huracanado hizo volar cientos de papeles por el mausoleo. Las cortinas emulaban fantasmas y los tarros chocaban entre sí.
El fuego se movió, creando más sombras que zonas de luz y la oscuridad se abalanzó sobre Abigail.
Corax volvió a graznar, esta vez aterrado y salió volando a la tormenta.
El primer trueno sonó como la sentencia del comienzo. Un comienzo que desembocaba en el final total.
En la mente de Abigail, los jeroglíficos que acababa de leer cambiaron de posición. Sus rostros dejaron de importar, la dirección no era necesaria. La idea cruzó el umbral de la conciencia al tiempo que se sumía en las tinieblas y la luz de su interior se apagaba al tocar el suelo.
«De doce sobrevivió uno y de uno partieron dos».










