Por sexto año consecutivo participamos de la Feria de Editores, en CABA, en nuestro clásico stand F48.
Ya están los libros guardados en cajas, las listas de stock, los precios impresos con sus descuentos, las bolsitas de papel compradas en el cotillón, el mantelito, alias y QRs, biromes y anotadores en la riñonera.
Un librito de poesía, apilado entre otros de iguales dimensiones adentro de una caja, viaja desde el barrio Arroyito de Rosario hasta la ciudad de Buenos Aires, primero en el baúl de un auto, después en un carrito, en subte o colectivo, un trecho a upa. El libro vibra esperando pacientemente que se abra ese portal de cartón, que lo pongan sobre una mesa, escuchar un barullo y saber que ya llega la gente ávida de leer, que unas manos curiosas lo levanten, abrirse finalmente. Sueña con irse en una mochila, mezclado con ropa, con apuntes y cuadernos, con golosinas y auriculares, con cargadores y zapatillas, que lo dejen esa noche en una mesa de luz, que lo lleven al parque al día siguiente, que lo dediquen y regalen, que lo presten, conformar la constelación de una biblioteca. Por eso nos gustan las ferias.
















