Cada vez que trataba de cerrar los párpados y dormirse, se le aparecía enfrente la jeta llorosa del ruco jediondo, y hasta escuchaba su voz rezándole a la Virgen, y en ese momento volvía a abrir los ojos y se ponía a recordar cada instante que había pasado desde que lo levantaron a putazos afuera de su casa, para convencerse de que no había tenido de otra, que era su vida o la del viejo culero, la vida de su vieja y su familia o la vida de aquel ruco que de todas formas ya había vivido lo suyo. Desde ese entonces no lograba dormir, le contó a Polo, pero eventualmente, cada dos o tres días, su cuerpo colapsaba y perdía la conciencia por un rato, así era como se sentía quedarse dormido ahora, pero la verdad es que ni así lograba evadir las pesadillas, y veía que a mucha raza también le pasaba lo mismo: gemían y lloraban y hasta platicaban en sueños, y no faltaba el loco que se ponía a tirar de guantes y patadas, así de la nada, nomás porque alguien había empezado a roncar o se tiraba un pedo; aunque claro, los que más miedo daban eran los que dormían como angelitos nomás su cabeza tocaba la colchoneta, ésos sí eran unos hijos de puta de cuidado.
Fernanda Melchor, Páradais, México, 2021.















