Miraflores es un barrio con encanto. Ese es su gran atractivo. Amable, ordenado, limpio y, por si fuera poco, colmado de fuentes de agua y de floridos parques que asoman por el balcón de los acantilados mirando la soleada bahía de Chorrillos.
Muchos de sus vecinos, bendecidos por la brisa marina, contemplan el ocaso o pasean perros por sus callecitas arboladas; otros se sumergen en la urbe de altísimos edificios y largas avenidas, emblema de uno de los sectores más modernos y dinámicos de Lima, pero a la vez, eso sí, reconociéndose en su barrio, en sus alegres esquinas. Allí, a un paso, están sus cines y cafés, sus panaderías, sus heladerías, sus iglesias, sus pequeños restaurantes.
Para el miraflorino viejo, naturalmente, algunas cosas han cambiado. Cada día hay menos bodegas y más supermercados gourmet; cada día vemos más guachimanes. Unas cosas vienen, otras se van. En la década del sesenta, por ejemplo, se esfumaron los gatos callejeros (hoy han vuelto unos pocos, pero están refugiados en el parque Porras) y, a cambio, crecieron las playas de arena y piedra, la mayoría ganadas al mar: un alcalde miraflorino, Aramburú Menchaca, fue quien concibió y nos entregó lo que hoy conocemos como Costa Verde. En los setenta, tiempo de crisis y dictadura, muchas familias convirtieron sus garajes en boutiques y pubs; en los ochenta, demolieron decenas de casonas señoriales de la avenida Benavides, el malecón Balta y la alameda Pardo; en los noventa, el advenimiento de Larcomar, con sus cubiertas de trasatlántico, reinventó el parque Salazar. Sin embargo, nada menguó su encanto. Curiosamente, el perfume del jazmín y la madreselva nos sorprenden a menudo a la vuelta de la esquina. Extrañamente, conviven, sin estorbarse, las torres de vidrio resplandeciente con los recodos apacibles y las casitas de coquetos tejados y farolitos en sus pórticos. Misteriosamente, el original temperamento de balneario sobrevive en los veranos.
Claro que Miraflores no es solo fiesta y color. También concentra una suave melancolía. De hecho, un aspecto esencial de la personalidad de Lima, la neblina invernal, sienta sus reales en este barrio. Es una bruma espectral, ora densa, ora sutil, en la que se desvanecen las muchachas que salen a correr por los malecones y se extravía a menudo la inmensidad del mar, ya sin el azul fulgurante de los veranos. Y es, sobre todo, una presencia algodonosa que, con un estremecimiento íntimo, nos incita al reencuentro con ese húmedo microclima que los miraflorinos aman con perversidad.
Miraflores, en suma, es un estado de ánimo. Yo siempre he sido un hombre agradecido a este vecindario donde todos pagan sin rabia sus impuestos y defienden el bienestar de sus calles, sus jardines y sus terrazas, como si se tratara de la sala de su casa. Miraflores es, entre muchas otras, la calle Ocharán, de nostálgico pasado literario, y la sombreada y bonita calle Alcanfores, cuando sus últimas cuadras se acercan al mar.
Miraflores, mon amour, mi cueva, mi lugar, mi tumba sentimental, es cálida y entrañable como una cena con buen vino a la luz de un mechero.
— Fernando Ampuero. La República, 21 de octubre de 2012. Página 27.