Festival Nuestro 2019: eclecticismo, género y ansias de renovación
Si hubo tres factores que destacaron durante esta nueva edición del Festival Nuestro fueron el eclecticismo sonoro, la fuerte presencia del inmenso talento femenino local y regional y las sinceras intenciones de renovación. Crónica de una jornada en la que el tradicional festival argentino se animó a (mucho) más.
Mientras amenaza de lluvias torrenciales parecía muy lejana y la humedad se adueñaba de una jornada que prometía ser extensa e intensa, las puertas de Tecnópolis se abrieron para dar comienzo a una nueva edición del Festival Nuestro. Uno de los festivales más importantes del país, que logró en estos años volver a consolidarse y que probó encuentrarse en un muy sano y valiente proceso de renovación.
Dividido en tres escenarios principales (Afuera, Adentro e Íntimo), el Festival Nuestro 2019 se puso en marcha con un breve y poderoso show bajo techo de Luceros El Ojo Daltónico. Exponentes centrales del rock barrial post-Cromañon, agitaron a sus fanáticos con fuego guitarrero y una base cancionera muy fuerte que gira alrededor de temáticas como la familia, el barrio, el desamor, las traiciones y la resiliencia. Bajo un radiante sol y en una atmósfera muy relajada, Ainda Dúo –una de esas bandas imposibles de catalogar por su versatilidad– volvió a demostrar que merece horario central: su flow cálido, entre blusero y jazzero, inundó la avenida central del predio y tuvo en el magnetismo de Esmeralda Escalante el liderazgo perfecto; siempre navegando bajo una pátina contundente de indie pop y psicodelia, animándose también por momentos al funk clásico desde un bajo muy virtuoso y al rockabilly amable desde la velocidad en las seis cuerdas de Yago Escrivá.
La atención no tardó en dirigirse una vez más al micro-estadio de Tecnópolis, ya que Jeites volvió a renovar esa sana costumbre de aumentar las revoluciones al máximo a pura alegría, mestizaje sonoro y desprejuicio. La vibra festivalera se instaló de manera definitiva, todo al ritmo del más puro ska-reggae, quedando la propuesta potenciada por el muy buen sonido que ofreció el escenario techado. La huella de Latinoamérica quedó por completo desandada durante una ecléctica presentación, jugando los argentinos por momentos con el sonido rioplatense, el folklore y el carnavalito.
Luego de superar algunos problemas en el sonido que retrasaron el inicio de su show en el Escenario Afuera, los Militantes del Clímax volvieron a probarse como un número clave para cualquier festival. Acompañados por muchísimas personas, pusieron la rueda en marcha con su cruza entre la crudeza del arrabal, el hip hop de la vieja escuela y la black music originaria. Emergiendo de las profundidades de la tierra, atacando desde la realidad del barrio al injusto sistema, estos exponentes de la música urbana argentina se unieron al público en una celebración por completo abierta y liberadora. Una reivindicación de la fiesta en el barrio, de lo real por sobre lo artificial (“Se llama diversión, no, no está en la televisión, se encuentra en las esquinas o trepándose a un tablón”), que vio colisionar de frente a la velocidad del funk con el ritmo más cadencioso del hip hop originario.
Bien pegada a la fiesta guitarrera de Cruzando El Charco, la imponente Francisca Valenzuela mostró sus dotes de estrella pop bajo un cielo que comenzaba a cubrirse. Fue muy extraño que la cantante chilena no tuviese tanto público, quedando en evidencia que muchas veces la agenda de los medios especializados y la de los espectadores no suele ser la misma. Magnética, carismática y por completo electrizante, Valenzuela trajo a nuestro país una intrigante combinación de latin pop, rock suave, funk futurista y hip hop 2.0, siendo su muy ajustada banda capaz de alternar sin problemas entre la balada pop clásica y la distorsión total de géneros más potentes.
No hay mucho más que se pueda decir respecto de Estelares. Sus más de veinte años de brillante carrera los avalan, así como también lo hace su oficio, talento y maleabilidad artística. Características que los convierten en número central de cualquier festival sin importar ni el día ni el horario. Ante una multitud, los oriundos de La Plata sacaron a relucir todo su poder cancionero, construyendo un setlist acelerado que no obvió ningún clásico. Fueron de la partida“Rimbaud”, “Ella Dijo” junto a Edu Schmidt de Árbol al violín, “Alas Rotas”, “Es El Amor”, “Aire”, “Un Día Perfecto” y “El Corazón Sobre Todo”, además del estreno en vivo de su nuevo tema, “Ríos de Lava”. Dicen que Frank Sinatra está en él: Manuel Moretti, quien a pura bohemia es junto a Andrés Calamaro el último crooner del rock en español, lideró la carga conmoviendo tanto en la potencia como en la intimidad, montado sobre el impecable andar de una banda siempre precisa y haciendo de cada una de las experiencias vividas una canción difícil de olvidar.
Con el panorama más tranquilo en el exterior, mientras el Chango Spasiuk rescataba y renovaba nuestra más profunda tradición musical, Monsieur Periné trajo su fusión experimental al corazón del Festival Nuestro. La políglota Catalina García hipnotizó a todos con la profundidad, variedad y suavidad de su voz, siendo su magistral ensamble el que desarrolló una extraña y funcional combinación entre la sonoridad melódica africana y las raíces continentales tanto de América Latina como de Europa.
Reflejando la imagen inversa, Juana Molina mostró sus anchas espaldas, siempre flanqueada por la precisión y vertiginosidad de Diego López de Arcaute en la batería y la profundidad de Odín Schwartz en bajo y teclados. Logrando sintetizar sus variados y complejos universos sonoros, Juana mostró cuales son los ingredientes perfectos para el crimen: espiritismo rock, folklore 2.0, EDM experimental, post-punk, thrash-pop, funk, rock de garage y mucha new wave británica, todo ello bajo su muy brumosa aura y una estructura sonora de elite.
El larguísimo show que dio Las Pastillas del Abuelo los encontró –como siempre– arropados por un estadio repleto hasta la última butaca, sacando también ellos a relucir el innegable poder de la canción en una clave mucho más rockera y blusera. A bordo de su clásica crudeza guitarrera (sazonada con chacarera, folklore y murga), sin esquivarle nunca a la dura realidad que azota a nuestro país, la banda del Piti Fernández enardeció a las masas a puro frenetismo, navegó entre el nostálgico océano de banderas e hizo saltar y cantar a todos como si no hubiese mañana.
Lo hecho por Nathy Peluso sin dudas merece un análisis aparte, siendo Dancing Mood la siguiente banda en este sinuoso recorrido: el cierre del Escenario Adentro estuvo en manos de la máquina del beat local, quedando el aire tomado por severas e imbatibles dosis de funk, ska jamaiquino, rocksteady y reggae roots. Liderada por el legendario Hugo Lobo en la trompeta, la más grande big band nacional y popular dejó en claro que desde la técnica más depurada también se puede hacer latir el corazón de lo popular.
Frente a un sinfín de pañuelos verdes, Miss Bolivia volvió a interpelar a sus todos los presentes desde la lucha: utilizando el cuerpo y su filosa lengua como armas contra el prejuicio y el machismo imperante, la cantante hizo hervir el Escenario Afuera con una lista preparada para matar a pura cumbia y reggaetón. Luego de que Dak1llah llevase adelante un muy concurrido show a puro freestyle e improvisación en el Escenario Íntimo, el grand finale quedó en manos de El Kuelgue: número más que probado, el conjunto de Julián Kartún es capaz de rondar el reggae (“Circunvalación”), dialogar íntimamente con el pop clásico (“En Avenidas”) y abrazar también a otros géneros lindantes entre sí como el hip hop, el rap y el jazz. Muchísima gente acompañó el número final del Festival Nuestro 2019, confirmando el exponencial crecimiento de una banda que ha sabido cómo adaptarse a los variados gustos de su creciente base de fanáticos y que no deja de mostrar una saludable vocación experimental a la hora de crear.
En pleno debate por el necesario reconocimiento hacia las artistas mujeres en la escena musical emergente y mainstream y también cuando se discute la poca creatividad que tienen los organizadores de los principales festivales nacionales a la hora de conformar sus grillas, el Festival Nuestro se plantó con total firmeza y dejó en claro que su intención es progresar de forma genuina. Género, eclecticismo sonoro y ansias de renovación, las tres características de una propuesta que lanzó todos los papeles al aire con un inesperado y elogiable golpe sobre la mesa.
Por Rodrigo López Vázquez