Los finales felices son relativos...
- ¿Puedes leérnoslo?
Es una mañana cálida de primavera. El aire fresco agita los cabellos oscuros de las más pequeñas, y él no puede evitar suspirar al verlas sosteniendo, con la misma firmeza con la que se aferra un hambriento a la ultima hogaza de pan, aquel familiar libro de tonos beige, en cuya portada podía vislumbrarse la imagen de un florecido cerezo. Las niñas se sacuden, expectantes, al verlo removerse en su cómodo lugar sobre el único sofá de 3 cuerpo existente en la amplia sala, y él vuelve a suspirar.
- ¿Otra vez? -Su voz apenas rompe el silencio instaurado, y solo el asentimiento de la menor le hace sonreír apenas, como una fugaz sombra. - ¿Qué les gusta tanto de este libro?
-Tampoco lo entiendo -Esta vez es la mayor de las tres hermanas, y también la única que se mantiene alejada, quien no duda en manifestarse.
-Es una linda historia. -Se defienden las más pequeñas a coro, y él ríe ahora más sinceramente, porque las mocosas son tan dulces.
-Es cruel. -Les rebate la otra, de cabellos menos oscuros y mirada mucho más penetrante. -Una historia en la que, desde el principio, los personajes no tienen ni la mínima oportunidad de estar juntos, es cruel. No hay un final feliz.
-Los finales felices son relativos. -Miró esta vez en dirección a la entrada del hogar, desde donde la femenina y cálida voz había irrumpido, y la encontró quitando sus zapatos con agotamiento, el largo cabello azabache cayendo libremente por la espalda. -Yo lo encuentro algo romántico. Una historia en la que el final feliz depende de ti. No hay muchas así.
- ¡Bienvenida mamá!
Sus dientes finalmente se vislumbraron en una abierta sonrisa, y no tardó en llevar La mano que no sostenía el libro hasta su cabello, deshaciendo así la coleta que lo mantenía atado en su lugar. Sus ojos volvieron a encontrarse con los de ella al ser, finalmente, liberada del firme abrazo de las dos niñas menores, y una cómplice sonrisa curvó los labios de ambos.
-Bienvenida de vuelta, Yaorozu.
-Estoy en casa -Y como si aquella hubiese sido la señal que necesitaba, no tardó más en comenzar la lectura.
- “Eran dos personas que no tenían nada en común más allá de estar condenados a muerte…”
















