Mi perra se sienta al lado mío, ya tiene 15 años y cada vez la veo más flaca. Sé que es algo irreversible, por eso me agacho para acariciarla un rato largo. Contenta, acepta mi mano sobre su lomo y yo, otra vez, vuelvo a caer en la trampa de creer que el cariño puede solucionar algunas cosas.
Gustavo Yuste
















