Había llegado ayer, con todas sus pertenencias en mano y un montón de recuerdos que la abrazarían durante toda su estadía en el campamento. Se había instalado silenciosamente en una habitación agradable, le habían asignado la número treinta discretamente para ella. Estaba cómoda, pero le hacía falta algo: Compartirla. La última persona a la cual le cedió un pedazo de ella fue a su hija. ¡Como la extrañaría! pero tenía que hacerlo por ella, si quería buscarle un buen futuro.
Pero no solo el futuro de su hija, si no el de muchas personas. Ahora era consejera y eso llevaba una responsabilidad enorme que se arriesgó a tomar. Nunca había experimentado algo como eso, pero los problemas de su vida le dieron motivos para ayudar a otros a escapar de lo mismo. El objetivo era escapar,e intentaría todo lo posible por lograrlo.
Se preparó un conjunto de ropa cómoda esta mañana, se dio una ducha y se colocó cada prenda que había escogido. El sol alumbraba cada espacio del campamento, por lo que pensó, que alguien ya había despertado. Salió a pasos agigantados hacia el exterior, donde el césped verde abundaba totalmente. Pronto de un tour visual, vio movimiento en una de las zonas más cercanas a su punto y decidió comenzar por allí. ¿Qué iba a hacer? Intentar presentarse y caer bien, intentar dar confianza a personas que la necesitaban.
Aunque no era la mejor.
Llegó al punto deseado, con tanta rapidez que se quedó parada en seco sin saber que decir. Vamos, te quitarán el trabajo si no haces tu trabajo, pensó. Impulso siguiente, ingresó a la sala en donde observó a una persona despierta. Esbozó una tímida sonrisa y se instaló en el borde de la puerta.
—Hey.. ¡buenos días! — saludó, conservando esa timidez e inocencia que solía mostrar con desconocidos.—Me preguntaba si bueno... ¿Damos un paseo? Es bueno comenzar al aire libre y no dentro de una habitación opaca.— pensó en que era un buen comienzo para entender a los campistas e incluso, escuchar historias de vida de consejeros tales como ella.















