El cyborg promedio escribirá mil veces “jajaja” en WhatsApp mientras bosteza y tratará de participarte del meme que lo trae cagado de risa, mientras tú, pendiente de tus propios memes, en tu propia burbuja, te jactarás de no entender el chiste —esto es, hasta que alguien lo cuelgue en tu propio timeline—. El celular nos despierta, nos toma fotografías, rescata momentos que no podemos captar en video, almacena instantes que en nuestra imperfecta memoria se harían líquidos. Nos vigila también, claro. Nos subyuga con su doble palomita azul. El teléfono celular, ese aparato que usamos para denunciar al que se estacionó mal, al policía corrupto, al falto de ortografía, a los amantes furtivos y la innegable hermosura del gatito bebé. Es una extensión de nuestro asombro, pero también de nuestra vanidad, de nuestra prepotencia, del relato que preparamos cuidadosamente: me fui a la playa, besé a mis hijos, tengo los mejores gustos musicales del universo, ¡uy, mírenme, soy tan feliz! Aunque nada más sea eso, un relato que nos contamos y le contamos a los demás para sobrellevar lo otro, lo que escondemos, cualquier cosa que eso signifique en la oscuridad de las sábanas.
Ira Franco, “Ser un cyborg”














