—¡Es que ya no sé lo que me sucede! —exclamó Jaco, evidentemente frustrado por aquella conversación, sin embargo, sentía que debía sacarlo de alguna manera—. Siento que estoy entrando en una crisis. Una donde Sam es la protagonista y única culpable—bufó y pasó una mano por su rostro, tratando de entender lo que pasaba por su mente—. A veces de verdad pienso que no me quiere, a veces pienso que es mala y que tiene un talento especial para herirme… con cosas muy pequeñas, pero lo hace—comenzó a decir, dejando en vista las cosas que más le frustraban—. Pero lo que más me molesta de todo esto, es que no puedo siquiera enojarme con ella. Me siento un idiota, un tonto debilucho que tiembla completamente cuando la ve llorar… —se llevó ambas manos al rostro para cubrirlo, como si no quisiera enfrentar sus pensamientos ni las palabras que iba a decir—. Quizás estoy loco, o soy verdaderamente tonto, pero a veces, cuando intercambiamos miradas o cuando tenemos esas ridículas discusiones, siento que hay algo… algo más, algo que solo nosotros comprendemos, algo que nadie más percibe y he llegado a pensar que…—dejó salir un suspiro consternado—. ¡Diablos! No puedo creer que voy a decir esto… ni siquiera…—el rubio dejó de hablar. No podía, simplemente no podía admitirlo en voz alta si no lo aceptaba en su interior y todavía tenía mucho miedo de lo que podría pasar si llegaba a aceptar esos sentimientos que se habían presentado de manera tan repentina—. De lo único que estoy seguro, es que Sam terminará matándome, física o mentalmente.