Deconstructivist Architects (1990)

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Deconstructivist Architects (1990)
D'ailleurs, Derrida (Derrida’s Elsewhere), 1999 | @Jus.tuju
No te enojes; a veces el otro no te entiende. Lo explicaste mil veces, pero no lo ve. No es tonto, no es malo, no es indiferente… Es otro
Alejandro Jodorowsky
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Deconstrucción
Aprender es, demasiado a menudo, repetir. La incertidumbre nos hace conservadores. Hay que reconocerle a la posmodernidad el mérito de atreverse a cuestionar las convicciones aparentemente más firmes. Ya nada es intocable. El aire fresco de esa relatividad, sin embargo, nos deja ateridos y a la merced de los vientos que soplen con más fuerza. Tras los escombros de la deconstrucción hay que atreverse a construir otra vez. Desaprender para aprender.
De ahí que, como nos recomendó Descartes, todo nuevo saber empiece por una duda; y la duda tiene siempre algo de inquietante. La duda hace tambalearse nuestro edificio mental, que nos parecía tan sólido y del que estábamos tan orgullosos; es comprensible que nos disguste su aparición. Pero si tras la duda asoma la sospecha, el temor fundado de que algo está mal, tal vez peligren los cimientos del edificio entero, y eso puede resultarnos más angustioso de lo que podemos tolerar. No siempre nos sentimos preparados para mirar a la cara a la verdad, cuando esta nos contradice.
No basta con demoler, hay que hacerlo siempre con el horizonte de qué construiremos después; de lo contrario, el hombre se queda solo, con la presión de la incertidumbre, y frente a ella recurre a lo primitivo: el instinto, la fantasía, el mito y la batalla; y queda a merced de los oportunistas, que lo someten a su manipulación, aprovechando la renuncia a limitarlos. Los ciudadanos del siglo XXI vagamos entre sombras, nos peleamos por baratijas, nos late el corazón a cualquier muestra de cariño, nos quedamos hipnotizados frente a la tecnología, nos vamos sintiendo solos y mientras más estamos ahí, más buscamos llenar los huecos. Tenemos que volver a pensarlo todo, volver a aprenderlo, volver a resignificar la vida.
Para aprender hay que des-prenderse de lo inadecuado, de lo que lastra nuestra conciencia y le impide contemplar lo nuevo con mirada clara... Sabidurías milenarias ya lo habían descubierto: "Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión”.
El amor a través del psicoanálisis: “Reconociendo el deseo del otro” Parte 1
Cuando estoy enamorado le atribuyo al ser amado todo lo que yo había estado esperando. Construyo una alucinación amorosa de la cual me siento dichoso: en aquél del que estoy enamorado proyecto mis sueños amorosos. Envolvemos al amado con el celofán de nuestras fantasías.
El estado del enamoramiento se trata de un “sueño despierto” en el que mi singularidad está dormida. El amado es una imagen mágica (elaborada entre lo simbólico y lo imaginario) de lo que ya alguna vez se perdió. Cuando logro “despertar” miro al otro como sujeto. Aquél del que estoy enamorado no es un objeto en donde proyecto mis sueños. No hay correspondencia perfecta entre mi deseo y el suyo: me doy cuenta de su deseo. El otro emerge en lo que no se espera, en lo que no se quisiera. El otro difiere a mis expectativas. La decepción y el dolor son los primeros nombres del otro: no soy todo para aquél que amo. La realidad es diferente a los sueños: no soy lo único que desea el otro.
En el momento en que aquél del que estoy enamorado me dice no, surge la otredad del otro: el otro difiere de mí. El principio del amor es esta negación: “La positividad misma del amor está en su negatividad”, dice Lévinas [2006: 50]. El amor surge de una demanda frustrada: el deseo del otro no se adecua a mi petición. No hay fusión, sino disparidad. Luego, del otro lado del amor, viene el odio.
La experiencia del odio consiste en atribuir al otro la causa de mi mal. Cuando el otro me dice no acontece en mí la soledad. La experiencia original del ser humano con la soledad es la del desamparo: si el infante está solo, se muere. Vivimos porque alguien deseó nuestra existencia: nos alimentó, nos cubrió del frío… Cuando el otro me dice no siento que no me desea. Desamparado, siento que muero. Odio porque siento que agonizo. La culpa de todo lo que me sucede es del otro. No cumplió con lo prometido: desearme a mí, siempre, sólo a mí. Parecía que éramos Uno; ahora, me deja solo y abandonado. Mi cuerpo y mi existencia se convierten en una experiencia dolorosa y decepcionante. Se derrumba mi castillo: me quedo sin reino. Paso de rey a mendigo. Vago por el desierto. ¿Por qué tengo tanta sed? ¿Por qué el sol quema en la nuca? ¿Por qué mis pies están cansados? Porque el otro así lo quiso, me abandonó: maldita sea… Ése es el momento de los reclamos, de los reproches, de los golpes, de los insultos, de los dramas, del llanto… (continuará)
Me preguntaba si acaso nosotros los occidentales nos estamos engañando a nosotros mismos en gran medida. Estamos dispuestos a imaginar que somos una sociedad muy tolerante, que hemos dado la bienvenida a todas las formas del pasado, a todas las formas culturales ajenas a nosotros, que damos la bienvenida también al comportamiento, al lenguaje y a las desviaciones sexuales. Me pregunto si esto es una ilusión… en otras palabras, si con el fin de conocer la locura tienen que primero ser excluidos los locos. Tal vez también podríamos decir que con el fin de conocer otras culturas […] sin duda hemos tenido no sólo que marginarlas, no sólo que mirarlas por encima del hombro, sino también que explotarlas, conquistarlas y en cierto modo, a través de la violencia, mantenerlas silenciadas.
“El derecho al secreto” (entrevista) - Michel Foucault