Cuando recito el 'Padre Nuestro' —'Padre nuestro que estás en los cielos...'—, me imagino ese cielo como algo invisible, inaccesible, pero íntimo y cercano. No tiene nada de barroco: ni espacios espirales infinitos, ni escorzos apabullantes. Para encontrarlo —si a uno le fuera concedida la gracia— bastaría con levantar de la mesa algo tan pequeño, tan cotidiano, como una piedrecita o un salero.
John Berger, El tamaño de una bolsa









