La categoría básica de nuestros buenos ciudadanos consiste en pensar que lo que no es ciudad, ni prócer, ni pulcritud no es más que un simple hedor susceptible de ser exterminado.
América profunda. Rodolfo Kusch.
seen from Vietnam

seen from India
seen from Macao SAR China
seen from United States
seen from China

seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from India

seen from United States
seen from Canada
seen from China
seen from El Salvador
seen from China
seen from China
seen from China
seen from United States

seen from Japan
seen from China
seen from Germany
La categoría básica de nuestros buenos ciudadanos consiste en pensar que lo que no es ciudad, ni prócer, ni pulcritud no es más que un simple hedor susceptible de ser exterminado.
América profunda. Rodolfo Kusch.
„Sieh, das Ende naht, verbotene Liebe
Zieh an dem Joint, ich zieh Koks von der Fliese“
- Finch Asozial
Si se considera que el término "mundo" (pacha), consignado en el tercer signo, no se refiere más que al mundo como orden y no como materia, se deduce que el esquema del yamqui se vincula estrechamente a los momentos de Viracocha. Este empieza por ser un dios absoluto en el primer momento y llega al quinto como "círculo fundamental creador" o, mejor, como agrega el mismo yamqui, como tega, que Lehmann-Nitsche traduce como "flor". Esta flor es entendida como flor cósmica, orientada hacia los cuatro puntos fundamentales del espacio, desde donde llegan los cuatro vientos y en donde habitan cuatro dioses. Con la flor, Viracocha llena el espacio cualitativo, el espacio-cosa del indígena y regula de esta manera el cosmos.
[...]
Crear el mundo es, en verdad, darle sentido. El mundo no existe mientras sea puro caos. En este caso, o sea antes de ser creado, es un cúmulo de fuerzas que carece de orden. Recién cuando el dios marcha sobre el mundo, éste es creado, porque adquiere sentido y, ante todo, un significado y una utilidad humanos.
América profunda. Rodolfo Kusch.
La fe tiene el papel de mantener la unidad de la existencia a través del acontecer diario y de buscar una conciliación humilde del hombre con un ámbito terrorífico y tremendo, donde se desata la ira divina. Se trata de que el cerro imponente sea el hermano y lo sea el río y la tierra y también el cielo con sus relámpagos y sus truenos. Se trata, en fin, de que se humanice el mundo con la plegaria y con el rito y que el mundo sea el organismo viviente que ampara y protege.
América profunda. Rodolfo Kusch.
EL MAESTRO
El yamqui estaba seguro de lo que puso. Viracocha debía ser el maestro (Pachayachachic) porque era preciso arar la tierra, contener la erosión con los andenes, encauzar los ríos y velar por la vida de las huahuas. El mundo ejercía una acción inhumana y rebelde y era preciso introducir con argucia una serie de modificaciones para que se hiciera habitable. Y sólo enseñando (yachachiy) era posible salvar la vida. Porque la vida era cosa de astucia. ¿No había que engañar al río, acaso, y constituir diques para desviarlo y evitar que se perjudiquen las sementeras? Al mundo había que modelarlo de la misma manera como se ordena y modela la mente de un niño. Y Viracocha era más que maestro, era —como traduce Tschudi— el "artífice del mundo". Porque el mundo era ajeno y rebelde y era preciso que un dios tomara al rebelde mundo como a un niño. Esto supone que el mundo y dios eran opuestos, y, además, que dios debía prevenirse y adquirir una ciencia y una actitud determinada ante ese mundo. Pero ¿no es esa actitud la misma por la cual el imperio incaico logró organizar la producción de alimentos de un territorio inmenso?
América profunda. Rodolfo Kusch.
[...] al fin y al cabo su mundo estaba palpitante de ira y de dios y nada tenía que ver con el mundo fácil y lleno de fórmulas que le quería brindar el sacerdote.
Pero en ningún momento el concepto de la ira se le traducía en doctrina. Le faltaba la expresión para esa ira. [...]
América profunda. Rodolfo Kusch.
[...] Y así, mirando el cielo, pensaría en dios otra vez. Dios habría de ser como el trueno que anunciaba la lluvia o aquello que hacía temblar la tierra o lo que traía el granizo, en fin todo podía ser menos ese dios de la iglesia. Dios tenía que ser algo que atrapará, que lo fuera situando, si no, el yamqui preferiría volver a creer en las pequeñas cosas: el dios de la lluvia, el del trueno, el del relámpago o el felino que bajaba con el granizo o lo que fuera.
Dios tenía que ser como ese mismo mundo que lo rodeaba y que se expresaba a través de su violencia, como ira divina. Y él creía ante todo en esa ira divina, que se convertía de pronto en lluvia o de pronto en granizo. Sólo a partir de ahí le interesaba preguntar ¿dónde estás?, porque de esa manera dios adquiría una fuerza temible e invisible.
América profunda. Rodolfo Kusch.
"¿Dónde estás?" ¿Dónde está dios? En verdad haría la pregunta en general, más allá de las imágenes, como una manera de dar por cerrada una cuestión. Al fin y al cabo no hacía lo que el padre, que todo lo dividía entre el bien y el mal, porque para hacer eso había que ser muy docto. Él no era más que un pobre indio y sólo se limitaba a tener miedo.
Y puede ser que recitara los himnos sólo por vergüenza, porque él se sentía pobre, sucio y pardo, mientras que todo eso que había en la iglesia era demasiado bonito. Dios no podía estar ahí.
América profunda. Rodolfo Kusch.