Dos cuerpos deseosos que se miran sin tocarse, minutos que pasan lentos para ser capturados en un sólo instante entre cada beso; nombres que se repiten en cada boca antes de empezar a hablarse, roce con caricias delicadas pero a la vez con tacto intenso. Ella, ama el norte de él, esa cabellera negra con algunas canas que empiezan a ceder, esa mente loca que dispuesta está a la aventura entre cada una de sus palabras, entre sus letras, entre cada estrofa. Él ama el sur de ella, esos delicados pies con sugestivos dedos, ramas hermosas de blancas piernas torneadas que desea empezar a lamer.
Se acercan poco a poco cortando la distancia que los separa, esa ropa que les quema, que desean arrancar para comenzar la batalla; sus manos se juntan para empezar a tocarse, dejando huellas con sabor a miel en esas nuevas pieles que terminarán por conocer. Esos labios que se muerden por probar el veneno dulce que se disfruta en el paladar, lenguas lascivas que juegan a domarse, choque de dientes donde no existe dolor pues no dejan de disfrutar. Espaldas siendo acariciadas desenfrenadamente, nalgas apretadas por esa excitante emoción que se siente, ojos que dicen tanto aún sin dedicarse palabras, miradas traviesas perdidas en la hoguera del deseo, disfrutando ese instante en que se prende el fuego interno, sus pechos laten a mil por hora, pezones parados gritando tócame, sin conocer aún las huellas de su amado, pero encerrando en su memoria ese momento tan esperado.
Sus cuerpos caen junto con sus ropas en la cama, besos, caricias, gemidos, que llenan la alcoba; fuerzas internas por no desfallecer, por no perder un sólo segundo antes de ceder. Los sexos húmedos a más no poder, labios ganosos de ella y la firme virilidad de él. Ella, le acaricia el norte de su negra cabellera, él baja lento hasta el sur de ella, a esas piernas recorriendo la lengua delicadamente hasta encontrarse con sus pies. Juego sexual delicado, pausado, añorado, lengua tibia que se mete entre cada hueco de sus dedos, asimilando el olor y el sabor de ellos. Sube lento de nuevo al norte de ella, para regalarle un beso delicado de una forma tierna; ella suspira y le dice su nombre, él acaricia su cara sonriendo, sintiendo en todo su cuerpo esa tibieza; sus manos se juntan en el centro de ambos, para entregarse completo al goce y así pasar sintiéndose toda la noche; el norte y el sur por fin convergieron, en ese punto excitante que se encuentra, en el centro de sus cuerpos.