Nadie te debe hijos solo por el hecho de que tú no puedas tenerlos.
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Nadie te debe hijos solo por el hecho de que tú no puedas tenerlos.
Y domingo siete
Ayer me tocó doble turno en la oficina. Respaldo de una pc (diecisiete dvd, grabando en dos máquinas a la vez, terminé en el último minuto), y hay problemas con una red y los permisos. Voy una hora antes a la mañana y una antes a la tarde pero termino todo en el día. Vuelvo a casa a la noche y ceno verdurita hervida, el cansancio no me deja comer algo más complejo.
Mañana de domingo. A las seis y media un sonido me despierta. Me olvidé de cerrar algo y terminó cerrándose solo. Oh bueno, a ocuparse de la ropa (planchar y coser, el lavarropas lo pongo después de las diez, que ya aprendí). Y luego a por un par de cositas que no pueden faltar hoy.
La peatonal en domingo a la mañana está casi vacía. Hay gente grande, nada de chiquitaje, bebé que hay es bebé con pareja que le cuida, y que no se encapricha. Miro vidrieras y anoto lugares a los que ir cuando abran. Obtengo cositas indispensables. Paro en un shopping y me tomo algo rico de media mañana. No hay chiquitaje descontrolado.
El día es mío. Mi casa es mi templo. Soy autosuficiente. El planchar a las siete de la mañana no molesta a nadie. Hay cosas ricas en el congelador que podré comer luego de tres minutos de microondas, o diez en una olla.
Nadie me tira para que le lleve a la plaza, le compre mapas o cartulinas, le ayude con la tarea. Nadie está en cama (quizás yo, en la siesta). No veo motivo alguno para cambiar el hecho que no soy madre.
Quizás plante frutillas o hierbas aromáticas. O tenga un bicho peludo y pequeño que pueda tener una vida más o menos saludable en departamento. O empiece a coser mi propia ropa y llene el espacio de moldes y maniquíes. El año que viene retomo una carrera, seré licenciada en unos años. Y todo esto lo puedo hacer porque tengo el privilegio de poder elegir, y elegí no ser madre.
La vida de mis mascotas me importan más que el antojo de tu criatura
Una de las cosas buenas del edificio en el que vivo es que tiene departamentos chicos. Esto, sumado a que el alquiler es algo elevado debido a su cercanía al centro de la ciudad, hace que no sea una buena opción para familias con prole. Con una sola habitación. no es conveniente siquiera tener bebé. Tampoco mascotas a partir de cierto tamaño (excepto la vecina de la planta baja, que tiene el jardín).
De tanto en tanto vienen visitas. La madre de la chica de abajo, las amistades adolescentes de alguien que aún no identifico y parece ser muy joven también, la madre de un muchacho con una moto que vive en un piso distinto al mío.
Y nadie tiene bebé.
Nadie recibe la visita de gente con criaturas, pero si lo hiciesen, sé que se preocuparían por sus mascotas.
Me gustan los animales, en especial si son adorables, peludos, se dejan tocar, no me toman de baño y no están mugrientos. De momento no tengo ganas de cuidar de ningún ser vivo, ni siquiera una planta, así que no tengo mascota. Me acuerdo de cómo era yo de nena con los animalitos, y luego me imagino esa manos regordetas acercándose a un animalito pequeño e indefenso.
“Oh, no te hagas problema, no le va a hacer nada” dirá la madre agotada, el padre superado, con el cansancio y el estrés convienciéndoles que es mejor dejar a la criatura hacer lo que quiera. Y no, no quiero esas manos cerca de mis futuras mascotas.
Quizás adore a los animalitos, pero no controle su fuerza. O piense que es un juguete. O apriete demasiado y el animalito le muerda (y el posible revoleo a la pared de la bolita peluda). Quizás el perro se ponga nervioso y le muerda, o el gato le arañe. O quiera tocar a los peces (yo lo intenté cuando era chica, pero los pescaditos no se dejaban, y por supuesto lo hice sin permiso y lejos de la mirada de mis padres). O le pegue. O se le suba encima y pretenda que el perro haga las veces de caballo (mi hermana menor lo intentó, y no funcionó). O le tire de la cola o las orejas o del pelo, y se enoje cuando le digo que deje en paz al animal.
O haga berrinche cuando le diga que no, que no puede tocar ni jugar con la mascota.
El agotamiento, el estrés, la falta de sueño de la madre o padre, y la energía de la criatura (más aún si es berrinchuda) puede resultar en una vida donde el nene o la nena mande y que nadie ponga en duda su autoridad. Y si quiere tocar al conejillo de indias lo va a tocar, aunque la dueña de casa le diga no. Seguirán las miradas agobiadas de sus progenitores, la discusión, el berrinche infantil, el inevitable intento de tocarlo igual y la dueña de casa alejando al bichito de su alcance o agarrando la mano infantil, diciéndole con tono firme un “NO” que la criatura no acostumbra oír.
Y la visita se arruina.
Las madres y padres primerizos tienen, a veces, una etapa en donde siguen saliendo, llevando a su criatura, hasta que se dan cuenta que no pueden, que nadie les invita, que les dicen que no es para bebés el evento y cosas así. En el caso de las mascotas, la pregunta es algo en el tono de si prefieren a su mascota antes que a ellos.
Siendo honesta, si tuviera mascota, no la pondría en riesgo, colocándola al alcance de una criatura. El animalito depende de mí, y no pienso arriesgar su vida para que tu criatura no haga berrinche. Mi casa, mis reglas. Puedes pedir que saque al gato si tienes alergia, o encierre al perro si tienes fobia, pero sigue siendo mi casa y hay reglas que debes respetar. De última, iremos a otro lugar donde no haya animales, pero sí, mi mascota es más importante, para mi, que tu bebé chillón, tu nena berrinchuda, tu adolescente imbécil o tu nene con manos pegajosas y rudas.
“La gente anda diciendo 2“ tiene muchas perlitas como estas. Y como son cosas que dicen personas de todo tipo, en la calle o en otros sitios donde otra gente les escucha, hablan sin filtro. Entre ellas, madres y padres que hacen lo que pueden, con criaturas de distintas edades. Y todos y cada una son otro motivo para no traer más gente al mundo.
Sábado libre de hijos: dos ferias del libro
Sábado. Ferie del libro en la plaza por San Jordi, organizada por la Casa de Cataluña. Termina a la una, tengo tiempo de bajar del colectivo e ir a curiosear antes que levanten todo.
Luego, en una ciudad a un viaje de menos de una hora en colectivo de distancia, hay otra feria, de libros usados, a cuatro cuadras de la terminal de ómnibus. La elección es obvia.
No suelo gastar mucho. Después de pagar las cuentas (alquiler, luz, gas, internet), me queda suficiente para comprar los ingredientes para mi comida y darme algún que otro gusto. No me atraen las cosas caras, no necesito mucho, y la biblioteca de mi ciudad está bien surtida. Ahorro, planeo para el futuro, tengo dos trabajos (uno de informática y otro de escritora freelancer) y estudio por las noches una carrera universitaria. Cuesta, pero vale la pena.
Todo mi dinero es mío.
Todo mi tiempo es mío.
Puedo ir a las dos ferias del libro de hoy, y no perjudicaré la vida de nadie por eso. No tendré que llevar y traer, como hacía mi madre con mi hermana menor, ni pasar la tarde viendo a una criatura hacer cosas, con la clásica torpeza infantil, fingir una sonrisa y decirle que lo que hace es genial. Puedo dormir una siesta de tres horas (y aguantar el efecto a la noche como persona adulta) y no habrá manitos tirándome de la boca para que le haga una torta o galletitas (el cheesecake lo voy a hacer igual, pero no pasará a manitas de criatura).
Si quiero quedarme toda la tarde leyendo un libro, puedo hacerlo. Si quiero pasármela en la cocina, probando recetas, puedo hacerlo. Si se me da la gana de sentarme a coser un par de prendas que necesitan aguja e hilo, puedo hacerlo. Si quiero quedarme mirando el techo, puedo hacerlo.
Y puedo hacerlo porque estoy libre de hijos.
Hace poco, un muchacho que asiste a la institución en donde trabajo me preguntó por qué una chica como yo, que luce de veintipocos pero ya pasó de los treinta, está soltera. Le dije chau cuando añadió lo de “hermosa”, se estaba pasando, y entendió. No me interesa el casamiento ni la maternidad: hay más mujeres que varones, aunque se exceptúen las personas homo y asexuales, por lo que habrá mujeres solteras a las que les atraigan los hombres.
Toma, te doy mi sitio.
La libertad implica poder hacer cosas, tener opciones, no huir de las responsabilidades sino poder hacer cosas, no sólo las que debas, sino cosas que quieras hacer, al menos para mí. Con hijos, todo eso se va al traste. Este sábado lo disfrutaré en la paz y tranquilidad de mi hogar, sin criaturas a mi cargo, y rodeada de libros nuevos, que han pasado por otras manos.
Ah, y el cheesecake.
“Se embarazan porque quieren”
“hola ando buscando trabajo realmente lo nesesito tengo un bebe de 5 meses y la verda que estoi sola el padre no me da nada con desirle que ni cargo se ase ya le digo todo. tengo 17 ahora en abril cumplo los 18 no inporta el trabajo que sea de linpieza de niñera lo que sea yo me conformo y si no hay problema si puedo llevar ami bebe conmigo xq no tengo quien me lo cuide el esta siempre conmigo desde ya muchas gracias”
Esto apareció en una pagina de compra y venta para mujeres. Como esta hay miles de historias, millones de niños de madres que son, o menores de edad, o niñas.
Mientras más inteligente es una mujer, menos ganas de ser madre tiene, ya se ha comprobado. Y también se ha comprobado, en palabras de un abogado defensor de Estados Unidos, que (a veces) somos producto de nuestro entorno y nuestra genética.
Las adolescentes embarazadas lo están, muchas veces, debido a una violación. Y en la gran mayoría de las ocasiones, el violador es un hombre que convive con ellas (padre, abuelo, hermano, tío, novio de la madre, etc.). La indefensión está presente en todos estos casos, ya que muchas veces dicho varón es quien trae comida a la casa.
En los casos en que el embarazo fue debido a una relación sexual consensual, fue con un varón mayor de edad. Y, cuando un varón mayor de edad tiene sexo con una menos, se considera una violación en muchos países, haya habido o no violencia de cualquier tipo.
El acceso a métodos anticonceptivos, y que el varón no la sabotee, le impida tomarlos, o se ponga violento, son otras barreras que enfrentan estas mujeres.
Hay algunas parejas pobres que tienen mucha prole para tener a quienes les ayuden en conseguir sobrevivir. Son mecanismos para lidiar con una realidad hostil ante la gente pobre (y ser mujer te lo hace todo más difícil). La mayoría de esas personas son gente que intenta vivir un día más, trabajando o rebuscándoselas como pueden. Y con cada criatura se hunden más en la pobreza.
No, no se embarazan porque quieren.
Muchas de ellas fueron violadas, no tuvieron acceso a métodos anticonceptivos o se los sabotearon, o no ven otra salida a la pobreza.
Por mucho, y no por algo, es que las mujeres más ricas son las que menos hijos quieren tener. También las más inteligentes. Y no es nada raro que el movimiento childfree sea mucho más fuerte en países ricos, donde los derechos de las mujeres están a un nivel que en Latinoamérica sólo podemos aspirar con lucha constante.
(Las mujeres calladitas y bien educadas no son las que ganan derechos. Mira las sufragistas, lee su historia, y luego dime que eran “señoritas bien”.)
Por eso, quienes podemos ser childfree somos privilegiadas. Las de nuestro nivel socioeconómico no lo ven, o no quieren verlo, o no pueden entre tanta exigencia de la criatura que no les ha dejado dormir en toda la noche. No se embarazan porque quieren. Se embarazan porque no pueden evitarlo, o porque no ven otra salida a la aplastante pobreza en la que viven.
Somos privilegiadas.
Que nunca se nos olvide.
Que nadie nos diga egoístas.