LIMERENCIA:
Darvis Gil
El amor es el ángel de los santos indiferentes, el mártir de los tímidos, el caos del desenfrenado, el mayor misterio al inexperto; la esperanza al solitario; el fin del poder del seductor y el infierno al despechado. El amor es el ángel que somete nuestro libre al veldrio, aquel que decide por nosotros, el que rinde el corazón de Dios a las palabras de los mortales. Es el inframundo donde queremos vivir, el veneno que anhelamos beber y el dolor que soñamos sentir. Es aquel que nos avergüenza con su presencia y su ausencia nos atormenta.
El que le susurra a Dios en el cielo, el dueño de sus acciones. Todos los demás ángeles se rinden ante su belleza y los mortales matan por sus palabras. Fue aquel ángel el que sometió a Cristo ante el miedo de unos animales poco evolucionados, el que lo consoló en su sufrimiento, el que le decía: perdona los. Su alma gritaba “ayúdame padre, hazme justicia” pero cuando iba hablar, este ángel bajaba y limitaba su boca a decir “perdónalos padre, porque no saben lo que hacen” el padre de la mentira, el creador del mito de: el diablo (el padre de la mentira). Porque el cobarde niega su existencia pero el astuto culpa a otro por su acción, mata y esconde el cuchillo en la casa de su vecino, lanza la piedra y señala al que está al lado. El ángel del amor y Luzbel son solo una carne con reflejos distintos, el ángel del amor nos da una falsa sensación de Luzbel pero sin la certeza indudable de un fundamento sólido, porque el fundamento es aquello donde creemos estar seguros, el pensamiento que se justifica por acciones arbitrarias de la vida, pero en los vestidos de este ángel solo sabemos que habitamos en él y lo demás solo es el fin de su existencia, limites que tememos tocar.
El mensajero de la ignorancia, el portador de la mentira, el enemigo de la realidad y el consuelo del corazón. Es el padre del fuego, consigo guarda las llaves de las puertas del Hades y nos ve desde las ventanas de los cielos. Despierta a los recuerdos y se baña con nuestra melancolía, pero a su vez coloca un área limítrofe que lo separa del pasado.
Es el enemigo del dolor, evade a la realidad y confunde al pensamiento. Manipula la insignificante trinidad de la creación: el dolor, la realidad y el pensamiento. Los doma con facilidad y los domina sutilmente. Aniquila la razón y domina sobre el intelecto; limita a la imaginación a su deseo y la desata dentro de los muros de su existencia.
Enceguece a los hombre con sus alas de esperanza e invade el país de los sueños, ¿Qué es un sueño? sino nuestro propio deseo concebido por nuestra alma, tomamos en jarras de cristal nuestros sueños de media noche. Disfrutamos su falsedad, sus palabras mentirosas, satisfacemos nuestra sed con los venenos de su ilusión, saciamos nuestra soledad con su presencia.
Negamos nuestra naturaleza, la muerte, porque tenemos una razón para estar vivos, aun así negaríamos la ilusión de vivir, por estar junto a lo amado. Denigramos nuestro poderío, menospreciamos nuestra existencia, nos rendimos a los pies del vacío; todo para disfrutar la grandeza de lo insignificante, para ser notados por lo inútil, para ser percibidos por aquello que no tiene valor. Entregaríamos nuestra santa sangre a cambio de unos labios que no tienen sabor.
El amor trae desesperación con una ilusión de paz, nos encadena con palabras de libertad, nos salva con acciones de condenación; decimos estar libres mientras portamos grilletes de amor, cantamos canciones de amor mientras dormimos en la melancolía, le hablamos a los ángeles en medio del infierno, vemos a las aves del cielo, nos refrescamos con la brisa de la mañana y nadamos en las playas griegas, todo dentro de un calabozo.
Limita al conocimiento y a la razón, expulsa a todos los demonios y transforma nuestra alma, de un infierno a un paraíso. Estremece nuestro espíritu y quebranta nuestra alma provocando que lloremos, se nos seca la boca y nos da taquicardia, sentimos que nos falta el aire y nos desmayamos, nuestro ser se desvive por este éxtasis y caemos en los lazos del amor.
Perdemos el miedo y nos llenamos poco a poco de fe y esperanza, nos encaminamos en caminos santos y nos entregamos en las manos de Dios, nos bañamos en las aguas del cielo y comemos mana junto a Cristo. Negamos nuestra mortalidad y se ilumina nuestra divinidad, nos segamos con el resplandor de la gloria del amor y somos acariciados por las vírgenes.
“Pero solo el que está enamorado, sabe este secreto”.