reyes negros
En un día como hoy hace 107 años, unos muchachos aficionados al fútbol y al radicalismo fundaban el Club Almagro. Era 6 de enero, los Reyes Magos, mi preferida de las fechas cristianas del año por eso de colorido que tiene, eso de africano, de reyes negros y turcos, de blancos con olor a camello que llegan tres semanas tarde a traerle sahumerios a un recién nacido.
Mi mamá acaba de avisarme que tiene un regalo de reyes para mí.
En mi familia nadie es de Almagro. Mi papá es hincha de Independiente, de una pasión grande y silenciosa. Tan silenciosa que no dijo nada cuando a mis once años, esta otra familia amiga le madrugó el derecho de llevarme por primera vez a la cancha. El clamor del folclore, y los tres colores, y los cantos de amor y violencia hicieron en resto del trabajo, sin vuelta atrás.
Nuestra casa estaba, y sigue estando, en el partido de Tres de Febrero, a pocos minutos del estadio de Almagro. Para llegar de mi casa a la cancha, por ejemplo en bicicleta, había que seguir el camino de radicales: darle derecho por Lisandro de la Torre y doblar a la izquierda en Alvear. Al viejo Lisandro, que estaba harto de perder con trampa contra los vendepatria de siempre, lo encontraron muerto en su casa un 6 de enero. El día previo, justo antes de pegarse un tiro en el corazón, escribió una carta pidiéndoles a sus amigos que arrojen sus cenizas al viento, porque le parecía una manera excelente de volver a la nada, a confundirse con todas las otras cosas que se mueren en el Universo. Algunos años antes /
de que yo me hiciera de Almagro, cuando todavía decía ser de Independiente y creer en los Reyes Magos, mi papá me propuso que esa vez les dejara un vaso de whisky junto a mis zapatos, en lugar de pasto y agua. La idea me divirtió; les dejé el whisky y unas papitas para picar. Al otro día encontré vacíos el vaso y el plato, llenos mis zapatos con algún regalo, y una carta, firmada por los reyes pero escrita con la letra de mi papá, que decía: gracias por el whisky, ahora no sabemos muy bien cómo vamos a seguir, porque los camellos quedaron medio caú.
Un día como hoy, mis viejos encontraban el guiño perfecto para confirmarme que los reyes, esos tres beduinos que querían a todos los chicos del mundo por igual, con algunas excepciones por mala conducta, no existían; y que los que existían eran ellos, que me iban a seguir haciendo regalos toda la vida, y que tenían por lejos
mucho más sentido del humor.











