Cadaver Exquisito (III)
Miro el sol y no puedo creerle. Levanta sus hombros, se desentiende. Me mentiste, te mostraste siempre naranja, amarillo en tus momentos más honestos o de desatención. Pero ardiendo a tal temperatura, no podías ser más que blanco ¿a quién vamos a culpar entonces? Culparía, por negarme la oscuridad, a la luz. Y al calor que me impide concentrarme para crear. Todo el tiempo estoy imaginando cosas, vivo en la fantasía que organiza mi cabeza y no puedo parar de pensar. Le doy vueltas a las cosas y en el fondo sé que es para evadirme de un mundo que no puedo comprender. O puedo asistir, puedo caminar o puedo nada. Hay tantas formas de llegar al punto del destino, que no me alcanzan las manos para contarlas, ni los dedos de los pies tampoco, y si fue un milpiés o un ciempiés, peor. Sólo digamos: ¡hay muchas! Hay un montón de lugares a los cuales ir, sólo uno inalcanzable: aquel que no conocemos y por ende nunca lo buscamos y nos mantenemos presos del terror a preguntar. Nos asustan las respuestas que nos puedan dar. Hay cosas que no podemos saber ni entender si no recurrimos a la ayuda de otro. A veces resulta difícil poder discernir con claridad. Claridad siempre fue atenta, como una liebre al costado de la ruta, aunque es sabido que a veces con ser atenta no alcanza. Viendo que nadábamos en barniz, le dije "Clari, mi vida, hasta acá llegó mi amor". Sin hacer ruido, traté de dejar todo como estaba cuando llegué, y me fui. El corazón actúa de diversas formas, uno nunca sabe qué piensa hacer; el corazón fluye como el río que nace de la montaña para llegar al mar y así fluyo yo de la puerta de tu casa.















