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Estoy casual cuidando un par de perros, lindos y toda la cosa, ya saben… lomitos 🥰
Ah pero este cabrón es necio… NECIO 😡
Los dejo salir un ratito para que les dé el sol… lo normal ✌️😬 Entonces estoy casual regando las plantas y perro salvaje se va a acostar en plena calle 😠
Parece morido, no?
Pues nooooo solo anda asustando 😱😱😱
Ahí anda vivito y coleando asustándome nada más 😰😰😰
Ojos de perro
Eloy Martínez Adame.
A Chuletas, a Odín, a Sansa... a sus ojos.
Hay una relación mágica entre el hombre y el perro. Y me refiero a la relación que este último, sea macho o hembra, llega a tener con el hombre y no la mujer. Hay algo que no puedo dejar de sentir cuando estos dos seres se encuentran con la mirada o se acompañan en el silencio del descanso. Hay una sensación de que tal imagen está enclavada en cada giro de nuestro ADN, que mi sangre la ha visto y sueña con ella desde tiempos que parecen una eternidad. Puedo ver el mundo hace millones, millones... y millones de años cuando los perros, una especie tan salvaje como los lobos, las hienas o los leones, caminaba y cazaba por la tierra sin imaginar siquiera que en un momento, y luego otro y luego otro se toparía con otro ser de la creación, una especie de simio sin pelo que cargaba con objetos puntiagudos y se arremolinaba alrededor de otros animales, luego alrededor de una pila de fuego. Puedo ver, gracias a estas visiones de los genes, a los primeros humanos cazando a un perro solitario, a un bebé humano siendo raptado de una cueva o de debajo de un árbol para ser devorado por una jauría de perros y sus crías. Enfrentamientos en los principios del tiempo de manadas... y luego... el cruce de miradas.
Hombres mirando fijamente al perro... primero en una medición de fuerza y estrategia... esperando ver quien atacará primero. El perro a su vez mirando a ese simio erguido en dos patas colocando un palo entre ambos; gruñendo los dos. Pero pensando ambos: hay algo ahí. En la profundidad de esa mirada. Casi podrían creer que sus ojos tienen la misma forma, no como la de aquellos gatos gigantes o esos ciervos tontos que pierden la vista hacia cualquier parte. Veo el paso de los años como los conocemos hoy, con sus meses, semanas y días. La guerra de especies por la supervivencia sigue su curso. Pero un día... luego una más al día siguiente... luego otra más... una mirada y comienza la historia de amor incondicional más grande en la historia del universo conocido. Una manada de hombres y mujeres se reúnen alrededor de un toro muerto, arrancan pedazos de carne cruda y se la llevan a la boca mientras unos cuantos perros esperan no muy lejos a que los simios se vayan para continuar el festín de carne restante, pues para ellos es más que suficiente. Algunos humanos gritan y lanzan rocas contra los caninos, otros aparentan salir corriendo contra ellos para alejarlos, pero no surte efecto y así sucede por siglos y siglos. Pero luego... Una mirada. El perro no tiene más esa mirada salvaje, agresiva. Sus ojos se tornan bajos y el hambre parece asomar por ellos. Las orejas ya no están en lo alto así como la cola. Se acerca lentamente y el hombre al no percibir peligro permite que el perro olisqué al animal muerto. Pero un micromovimiento rápido hace que otros hombres se asusten. Gritan y lanzan golpes al perro. Este huye, colocándose más lejos que antes y así la mirada se pierde en el paisaje. Los hombres terminan de comer y entonces los perros comienzan la segunda tanda contra el cadáver del toro.
Y así pasaron siglos y milenios. Dos especies destinadas a colisionar en la existencia. Luego, un buen día en la historia de la creación, en aquel mundo salvaje y cruel, un hombre se encuentra comiendo las entrañas de un conejo, un perro se acerca esperando el robo. El hombre lo mira y el perro encuentra la mirada de ese cazador sentado a la sombra de un árbol enano. El hombre ve que la mirada del can oscila entre la suya y el cuerpo sangrante del conejo. Arranca una pata con fuerza y con un acto tan sencillo sella el trato más importante entre especies hasta ese momento: lanza la pata del animal muerto al perro, quien la devora velozmente. El hombre sonríe y el perro moviendo la cola de izquierda a derecha parece decir, cerrando también el trato: “de acuerdo”. Sus miradas se encuentran de nuevo y el hombre lanza ahora en dirección al perro los restos del conejo que atrapó el mismo.
Y así pasan milenios... una relación sin un lenguaje en común. Sólo un contrato explícito de ayuda. Veo a dos especies haciendo algo que nunca antes se había visto en el tercer planeta alrededor del sol: unos hombres escondidos entre la hierba alta. Observan un grupo de ciervos. Junto a los hombres tres perros, dos hembras y un macho, de diferentes colores miran también al rebaño. Un hombre acaricia la cabeza de uno de los perros, mira a los otros hombres y se aferra a una maza de madera. Ejerce presión sobre sus piernas, está listo para salir corriendo y de pronto... golpea a uno de los perros en los cuartos traseros. Los perros salen corriendo y enseguida los hombres. Los canes flanquean a un ciervo hembra, lo hacen girar y girar hasta que está de vuelta rumbo a los hombres, éstos comienzan el ataque con rocas y palos, hacen perder el equilibrio a la presa, quien resbala y al intentar incorporarse para seguir la carrera es atrapada por el perro macho. Los otros dos se suman y la sujetandel cuello y las patas. Los hombres se acercan y con un mazo destroza el craneo del ciervo. Otro lo atraviesa con una lanza a la altura del pecho y con ruidos hace que los perros suelten a la presa, ahora muerta.
Puedo ver a aquel grupo de humanos sentados a la sombra de una formación de rocas, los perros entre ellos y el ciervo desangrándose sobre una roca. Nadie dice nada... sólo descansan. La mano de uno de los hombres está sobre el lomo del perro macho que descansa sobre el piso. Otro hombre revisa el costado de una de las hembras. Tiene una herida resultado de la cacería. pone saliva sobre ella mientras la hembra mantiene su cabeza sobre los muslos del simio. Un tercer hombre acaricia por debajo de la mandíbula a la otra hembra, que intenta lamer la cara del hombre, el más joven de ellos. De pronto el joven rasca por debajo de la oreja a la hembra y esta se relaja, el joven sonríe y mira a los otros hombres como intentando decirles “miren lo que descubrí”. La hembra cierra sus ojos, parece concentrarse en la caricia. El joven se detiene y la hembra abre los ojos, pone su pata delantera sobre el brazo del humano. Los otros hombres ríen. Luego su mirada se vuelve a encontrar con la hembra y puede ver en ellos siglos de historia, de programación genética, de instinto de supervivencia. No tiene la más mínima idea que dentro de otros muchos siglos más le llamarán lealtad... le llamarán amor.
CONTINUARÁ...
Al perro, ese animal tan inteligente que es el más auténtico y fiel amigo del hombre, éste le encadena. No hay ocasión en que semejante espectáculo no susciten mi más profunda compasión hacia el perro y una enorme indignación hacia su sueño. Recuerdo con satisfacción un caso, en el que se hizo eco The Times hace unos años, en el que lord X mantenía encadenado un gran perro. Cierto día, al atravesar el patio, se le ocurrió la feliz idea de acariciarle, a lo que el animal respondió desgarrándole el brazo de arriba abajo. ¡Hizo muy bien! Con ello quiso decir: ‘tú no eres mi amo sino el demonio que convierte mi breve existencia en un infierno’. ¡Ya podía sucederle otro tanto a todos los que encadenan a sus perros!
Arthur Schopenhauer.
Animalitos bebés
desde que empezó la cuarentena que ando haciendo la desvelacion 🥴