Día 9: caminata por la garganta del salto del tigre. En China nos es muy popular el montañoso así que cuando nos enteramos de que había una senda que cruzaba una garganta con montes de unos 5500 metros no pudimos encontrar mejor excusa para dejar las mareas de turistas y perdernos por el monte. La ruta no era para nada fácil, al menos para nuestros cuerpos oxidados de posición urbanista, 20 km con desniveles de 2500 metros por camino polvoriento. Encima por empezar la jornada un poco tarde, la caminata se convirtió en una carrera contra el sol por ver quien se recogía antes. Fue dura, sobre todo para mi compañera Beatrix, que por si fuera poco contaba con un catálogo de ampollas en cada pie. Producto de ellas tuvo que renunciar a su ferviente dedicación por los derechos de los animales y contratar un caballo como transportista durante la primera subida. Durante las ocho horas que estuvimos andando por el sendero en las alturas, contemplamos los nevados picos, altísimos paredones, el zigzag del río que lo modeló todo con el paso del tiempo, unos cuantos pueblos dedicados al cultivo de esas tierras y el pastoreo de cabras y bueyes; locales vendiendo barritas de energía, frutas y hasta marihuana; cataratas y precipicios; ausencia de gente; pero lo que más nos alegramos de ver fue el hostal donde pasábamos la noche. Dios mio que palizón! Día 10: A la mañana siguiente nos dijeron que merecía la pena bajar a ver los rápidos, así que andando como robots por los dolores musculares emprendimos la bajada por el desfiladero, atravesando pasos escarvados en las paredes y escaleras totalmente verticales. Para cuando acabamos la "mini" excursión de unas 4 horas, teníamos un buen empacho de la China profunda y solo queríamos volver a Lijiang para descansar.