{ some mercy }
@deer-in-disguise
— ¡Oi, Kageyama! ¡Oi-- resiste!
10 de Octubre.
Era la primera vez que se encontraba en esa situación, tan asustado y cargando con un cuerpo en lo que bien podía definirse como un campo minado. A su alrededor, todo parecía sospechoso, peligroso, como si cualquier esquina arruinada pudiese estar ocultando a una docena de ladrones armados.
De vez en cuando sus ojos bajaban todo el camino desde el brazo que sujetaba alrededor de sus hombros, hasta el rostro cabizbajo y cubierto de sangre. La cabeza del pelinegro se movía de lado a lado, siguiendo el compás de sus pasos apurados, torpes- ¿Estaba inconsciente o era peor?
La escena le traía recuerdos que se había negado por meses enteros y le ponía la sangre helada pensar que podía llegar a perder al único camarada que había hecho en el transcurso de toda esa mierda, así como perdió a su familiar entre los brazos- diablos.
Lo sabían. Kageyama le advirtió un millón de veces que sería una travesía arriesgada y Hinata le prometió ser discreto. Pasara lo que pasara, no iba a dejar que se les acercaran siquiera, eso había asegurado exactamente.
Si querían llegar a Tokyo, debían comenzar a movilizarse hacia el sur, llegar a Murata lo antes posible y asentarse allí para encontrar más comida y quizás armamento. Sin embargo, no era trabajo fácil con la cantidad de pandilleros que se habían tomado la ciudad precisamente en la frontera, anticipando que habría gente intentando librarse de ese infierno a toda costa. Sobornos, estafas, incluso otro tipo de pagos; todo era mejor que quedarse.
Al principio pareció que las cosas iban a marchar viento en popa para ellos. Hinata se acercó primero, llamando la atención de algunas bandas como si viniese en son de paz, fingió una negociación, y cuando tuvo a la mayoría lo suficientemente cerca, dio un salto-
Cuando volvió a tierra, Kageyama ya había detenido el tiempo en la zona, varios metros a la redonda, y pudo acercarse. Hinata no tuvo problemas derribando a los hombres detenidos, indefensos en aquel agujero gris. Y una vez acabaron, y las agujas de los relojes volvieron a correr, ya era muy tarde para que los otros hombres pudieran hacer un contraataque efectivo- eso pareció.
Eran demasiados, se dio cuenta demasiado tarde para su infortunio, y el alcance de Kageyama cada vez se había más y más pequeño- la herida en su ojo nublándole la visión, su concentración dispersa. Jadeante Hinata intentó decirle que se fuera porque él podía usar su última pizca de estamina en transportarse lejos de allí, pero alguien con una habilidad impresionante lo alzó por un tobillo como si no pesara nada-
Lo siguiente que supo fue que había vuelto a tierra, de alguna u otra forma, y Kageyama le dirigió una última mirada de alivio antes de colapsar en el suelo. Hinata sintió la sangre helada, el pulso en los oídos y la maldita cabeza dándole vueltas por el estúpido efecto secundario de la habilidad de ese estúpido que-- que probablemente le acababa de salvar la vida, pero...
— ¡Oi, Kageyama! ¡Oi-- resiste!
Shouyou no tuvo tiempo de preguntarse qué hacer, y sencillamente lo tomó para huir tan rápido como sus pies le permitieron mientras arrastraba el peso completo de un hombre más grande que él.
Entró a una casa en ruinas, la pared frontal completamente caída al suelo, sólo algunos ladrillos obstruyendo el paso. Estaba demasiado cansado, frustrado consigo mismo y ya no podía seguir huyendo. Esperando haber dejado a las bandas atrás, se dejó caer primero, y recibió el peso muerto del pelinegro sobre el regazo, como si estuviera cargando a un bebé indefenso. Mierda.
— Mierda. — Exhaló en voz alta también, intentando examinar al contrario sin mucho conocimiento de por dónde demonios debía comenzar.











