El sevillano Rodrigo Caro (1573- 1647), que además de sacerdote fue arqueólogo y erudito, escribió numerosos textos a lo largo de su vida y dedicó varios de ellos al folklore español y a las costumbres infantiles. En su obra Días geniales o lúdicros reflexiona sobre el papel de los ogros y asustachicos y llega a mencionar varios ejemplos curiosos. Uno de ellos era una tal doña María de Padilla, misterioso personaje que aparecía en “un coche ardiendo en llamas de fuego” y aterrorizaba a los muchachos de la capital andaluza. Esta mujer tenía un lacayo o compañero inseparable muy popular en el folclore español: nada más y nada menos que un Diablo cojuelo.
El Diablo cojuelo aparece en grimorios y tratados mágicos al menos desde el siglo XIII, y ya entonces se lo clasificaba como un demonio menor, aunque habilidoso y fácil de invocar. Según la tradición castellana, la lesión que le daba nombre y lo obligaba a caminar con muletas se debía a que todos los demás demonios cayeron sobre él tras la rebelión que los expulsó del Cielo, dejándolo tullido para toda la eternidad.
Curiosamente y a pesar de esta cojera, se trataba uno de los diablos más veloces. Esto lo convertía en una criatura muy apreciada por las brujas y hechiceras españolas, quienes lo invocaban con regularidad para que las ayudase en sus tareas y muy especialmente a la hora de realizar rituales de magia amorosa. Cabe destacar que el Diablo cojuelo fue popularizado por la obra homónima escrita en 1643 por Luis Vélez de Guevara (nacido al igual que Caro en un municipio sevillano, Écija). En ella, un estudiante madrileño topa con dicho demonio atrapado en una botella en el desván de un astrólogo. Tras liberarlo, el diablo lleva al estudiante volando por los cielos de Madrid y le hace ver por arte de magia lo que ocurre en cada casa, descubriendo así la hipocresía y miseria de las gentes de la ciudad.
Casi con total seguridad, la compañía de este diablillo emparentaría a la figura de María de Padilla con la hechicería. Debido a esto, y pese a que la verdadera identidad de esta mujer es un completo enigma, había quien se aventuraba a relacionarla con una María de Padilla que fue amante del rey Pedro I el Cruel, no muy apreciada por la corte y ducha en las prácticas nigrománticas. También es posible que se tratase de la esposa del comunero Juan de Padilla, la cual poseía una esclava morisca con oscuras habilidades mágicas. O quizá sea una mezcla de ambos personajes históricos creada por el imaginario popular. Quién sabe.
Lo cierto es que, al revisar documentos inquisitoriales de los siglos XVI y XVII relacionados con los actos de brujería, se pueden encontrar salmos y rituales que invocaban con frecuencia su figura como ayudante sobrenatural en conjuros de amor, como por ejemplo: “Levántate, María de Padilla, de esos infiernos donde estás y tu manto negro te cubrirás y a fulano me traerás”. Fórmula habitualmente acompañada de otras como “Diablo cojuelo, que es buen mensajero, y el diablo coxo, que corre más que todo, diablo cojuelo, tráeme luego…”.