El QUINCENAL presenta BAJO TIERRA, por Mariana Galán
Mariana Galán cursó los estudios de Licenciatura en Artes Visuales de 2005 a 2014 en la ENAP, la Facultad de Artes UAEMEX y la Universidad de Sao Paulo. Como artista emergente, su práctica es un proceso reflexivo sobre preguntas de cultura e identidad.
BAJO TIERRA: Entrevista con Rufino Basurto
por Juliana Ángeles
J.A.: A pesar de que no ha causado gran revuelo, su último hallazgo en el Nevado de Toluca es interesante para la ciencia, pero también para la sociedad en general, porque nos habla de un pasado que de alguna manera es común a todos. Nos ha interesado principalmente cómo problematiza la labor interpretativa del pasado y el lugar que ocupa en nuestras vidas. ¿Qué opina usted al respecto?
R.B.: El problema con el pasado siempre ha sido desde dónde lo pensamos y cómo lo interpretamos. En un sentido muy foucaultiano, qué categoría estamos construyendo para analizarlo. Un ejemplo que me gusta colocar es el de los hermanos que tras la muerte de su padre se sientan a discutir quién era y cómo fue. Todos los hermanos tendrán versiones distintas sobre su padre dependiendo de su relación con él –dolorosas, de enojo, cómicas, etc-, recalcando cosas diferentes, incluso contradictorias, y ninguna será más verdadera que otra, pues todas son reales y han sucedido.
Por esta razón todas las personas han tenido un pasado distinto. El “hecho“, por ejemplo, de que todos tengamos un único pasado en común como en los discursos nacionalistas, tiene un uso adoctrinante y moral –los buenos y los malos de la historia- más que de conocimiento epistemológico.
La cuestión hoy en día, tras la caída de los grandes relatos que explicaban nuestra existencia, es la posibilidad de múltiples interpretaciones en torno a un mismo fenómeno, con verdades relativas sujetas a debate. Lo que trae a colación, la libertad y responsabilidad de elegir lo que pensamos y queremos ser.
J.A.: El Sol de Toluca publicó el reporte de su excavación como suplemento especial, ¿cómo fue la acogida del público toluqueño?
R.B.: Desafortunadamente no tuvo mayor relevancia, la gente no lee ni está interesada en estos temas, y en general creo que la sociedad toluqueña es aún bastante dogmática y apegada a sus instituciones, que mantienen mucho poder sobre las verdades de su identidad colectiva.
J.A.: Ha mencionado la historia oficial…¿qué relación guarda con su hallazgo?
R.B.: La historia oficial es útil como dogma, a propósito de Toluca para cierto mito fundacional de la ciudad como el de la política, que ya se ha aprendido de memoria su libreto sin que nadie cuestione la validez de lo que se recuerda y se olvida. Nuevamente percatémonos de que los hechos son valorizados, narrados, ordenados y metaforizados desde un lugar de poder. Hoy en día hay una conciencia más crítica al respecto por la carencia de fundamento de una sola historia verdadera, y nuestros destinos e identidades sociales se atomizan y reagrupan en nuevos sentidos. Nuestro lugar de poder está, en un sentido heideggariano, en la conversación que somos, más fundamental que el suelo sobre el que estamos.
Mis colegas cuestionan la validez de mis hallazgos por la manera tan simplona en que fueron descubiertos. Aseguran, irónicamente, haber pasado por los valles del Nevado muchas veces sin que se les revelaran “diminutas puntas iridiscentes“, como postulo en mi reporte. En mi defensa, puedo contestarles que yo tenía algo que ellos no: la curiosidad de hallar la grieta, la inquietud del intersticio, la voluntad de mirar dentro de las cosas abandonando la apariencia exterior, para ver otra cosa. Otra cosa, antropológica o filosóficamente que no sea Adolfo López Mateos, el chorizo verde o el Cosmovitral.
Mi hallazgo aporta algo aún indeterminado, pero no menor. Frente a algo que no conocemos, que es antiguo y estaba oculto, hace evidente la pregunta ¿qué está usted viendo aquí y por qué?, y eso me resulta más interesante que cualquier verdad concluyente sobre el mundo.
J.A.: ¿Cuál es su postura entonces sobre el origen y el lugar del pasado?
R.B.: El tema nos toca porque todos tenemos memoria, que es la forma en la que nos construimos al relatarnos a nosotros mismos nuestro tiempo existencial. El tiempo cósmico o físico y nuestro tiempo humano son dos cosas muy distintas, pues nuestras historias, cómo diría el cineasta Tarkovsky, son la forma en la que esculpimos el tiempo.
Pero ¿por qué es relevante el pasado? de alguna forma nos preocupa el origen, nos preocupa el mundo que nos antecede y por el que estamos hoy en día aquí de esta manera.
La historia del “hombre“, un concepto complejo que engloba muchas cosas, debe entenderse como el drama silencioso de sus configuraciones. Renovar la pregunta por el origen y la situación del hombre es arriesgado aunque importante.
Con la apertura de otras explicaciones ontológicas como la científica, a la par de la teológica-metafísica-sagrada, el hecho humano ya no se busca arriba en lo divino, sino “abajo“ en la tierra, en los factores tangibles. Lo sólido, más que algo que realmente posean los objetos, es una propiedad atribuida psíquicamente a lo inalterable, a una especie de verdad dura en la que sustentar nuestro origen descendente. A pesar de que la arqueología me parece de las ciencias más imperfectas porque la distancia entre los hallazgos y la interpretación es máxima, el “bajo tierra“ nos sugiere nuevas imágenes sobre nuestro tiempo existencial. Imágenes de la profundidad, lejos de los cuerpos diáfanos que nos constituían.
A mi modo de ver nuestra relación con lo oculto bajo tierra es una relación isomórfica, en la que la tierra nos revela nuestra propia profundidad. El carácter secreto de la materia no es un secreto que se conoce, sino un secreto esencial que se busca y se presiente. Cada quien escava y encuentra sus tesoros particulares.
La complejidad de esta excavación –y de todas quizás- es la dificultad de suponer a un “hombre“ previo para llegar al resultado predeterminado de nuestra actualidad, decir que nuestros antepasados hicieron tal o cual cosa por la que hoy día estamos aquí. ¿Qué prueba esto? ¿que nuestra cultura es antigua? ¿que llegamos primero y por ello este territorio nos pertenece? ¿que no hemos cambiado en siglos? ¿dónde empieza y termina el nosotros?
Suponer al mismo “hombre“ desde el pasado, fingidamente derivado de modo evolucionista, niega nuestra historia-en-el-mundo, dado que no nacemos hombres, sino que llegamos a serlo. El hombre en su existir no es un producto pasivo del ambiente, sino un formador de mundo.
Desde las posturas más radicales, pensadores como Jacques Derridá piensan que no se puede obtener ningún conocimiento del pasado pues siempre nos enfrentamos a una realidad que es nueva y cambiante. Lejos de ser especialista, yo pienso que la conciencia histórica es importante mientras nos despierte reflexión sobre nuestra temporalidad mudable y limitada: la consciencia de que convivimos en un universo simbólico donde todo lo que decimos y hacemos flota sobre un horizonte de provisionalidad.
Esto quiere decir que a pesar de nuestra herencia, biológica y cultural, siempre está latente la posibilidad de amoldar nuestro presente. Así como se esculpe el tiempo, me esculpo a sí mismo en el éxtasis de mi presente, que es el único punto que realmente me pertenece.
J.A.: Hay un fragmento en el que coloca el papel de la imaginación en la construcción de verdades científicas, ¿puede hablar más al respecto?
R.B.: Hay distintas naturalezas de conocimiento, pero pienso que en nuestro mundo ampliamente tecnocratizado se olvida nuestra relación fundamental con el mundo: se habla mejor de una realidad líquida que se ha empezado por soñar, antes que un dogma. Por soñar me refiero a algo que no se ha logrado aprehender en su totalidad, y que se completa en el sesgo de lo desconocido. La imaginación nos lleva de la introversión a la extroversión, de ser ajenos a los objetos a poseerlos en su intimidad. D.H. Lawrence una vez dijo que vivimos en el reverso del mundo, en nuestra negritud profunda.
Para fines del presente, el bajo tierra provoca una metáfora con mucha riqueza en profundidad e intensidad. Asumimos que es el pasado lo que brota cuando escavamos, asumimos que es intocable y lejano, sin percatarnos del bucle en el tiempo que es nuestra presencia en esa excavación. Si el pasado permanece como resto y como lugar conceptual, todo hallazgo tiene algo de sesgo y ficción, una construcción sobre su tiempo y espacio, que no debe entenderse como una cualidad negativa. La ficción es la reconstrucción de un fenómeno, que no es el fenómeno mismo, y por ello creo que podemos ver al pasado-presente como un movimiento de mareas continuo. Escribir y relatar es inventarse y al inventarse descubrirse, dijo alguna vez Octavio Paz. La indagación sobre el hombre y su posibilitación histórica debe girar en círculo de tal manera que volvamos al punto de partida –nuestro acontecer, nuestro tiempo, nuestro éxtasis existencial- y nunca lo abandonemos.
La conciencia de que las convicciones más profundas que uno tiene son el resultado de un giro poético y creador del pasado, de una conversación con otros, sin un punto de creación único.
J.A.: Por último, ¿qué no puede decir sobre la exposición itinerante de su colección geológica “16 rocas improbables“?
R.B.: Mi objeto favorito en el mundo son las piedras, porque como nuestro pasado, son condensaciones de múltiples movimientos terrestres que nos constituyen.
Esta colección ha sido recolectada en viajes, principalmente de encuentros afortunados, y algunas piezas incluso obtenidas como obsequios. Como usted sabe, la labor de clasificación ya nos dice algo sobre esta colección. Su categoría tiende más a la razón creadora radical y exploradora por su constitución imprecisa. Las piezas me llevan a pensar de la mano de Peter Sloterdijk que en realidad venimos de las piedras y no del mono: fantasmas de piedras, piedras monstruosas, fósiles de fósiles calcinados por volcanes, masticados por erosiones, glaciaciones, guerras e impactos de meteoritos. Son el vomitivo producto de la historia, sin un punto de creación único.
Aunque para darle a usted la sospecha de qué pensar, finalmente una piedra es una piedra, lanzarlas es nuestra apertura hacia un horizonte lejano.










