¿Qué carajos está pasando? Ya no puedo encender mi teléfono sin que aparezca una nueva noticia sangrienta de algo que sucedió en este platanal. Es como si volviera a los noticieros de los años 80, mientras se supone que perdura el encierro y siento que me salen raíces junto a mi cama.
Pero aquí el colmo no es la sangre, que aunque era algo esperable (aunque sea discutible su verdadero origen), increíblemente no es el tope del asunto; aquí el descaro es el cerdo que insulta a millones de personas por televisión hablando de “homicidios colectivos”. La guerra estalló y este imbécil sale a gritar eufemismos para que no le echen la culpa por lo que está pasando. Su presencia es un insulto para la gente que está cansada de ver su mundo arder y a él no le interesa nada más que la “persecución política” a su héroe, mentor, y potencial fantasía sexual.
No quiero imaginar qué sucederá en los próximos días. Siendo honestos, si en la ciudad, el lugar mejor blindado contra el salvajismo (y por esto mismo el peor para llegar a notar la realidad del país), la tensión crece y se siente agresividad en el aire, ¿qué pasará en el campo?
La situación empeora cada día y yo soy un pobre idiota sentado en su sofá, debatiendo con otros pobres idiotas citadinos sobre las potenciales consecuencias del que debería ser un arresto cantado, mientras la gente en el monte las vive y las sufre. Ahora no se me salen de la cabeza las proféticas palabras del simio que salió a marchar “contra la violencia” con su patético sombrerito y sus ínfulas de “ciudadano de bien”:
- Plomo es lo que hay, plomo es lo que se viene.
Pero claro, ¿qué se podía esperar de un lugar así? Aquí la coca lo vale todo y sus magnates (que poseen el trono de estas tierras), están dispuestos a aceptar incontables sacrificios para protegerla (los sacrificios de Lord Farquaad, obvio).