“La soledad es mi patio de recreo. Cuando no hay más que silencio en casa y el ruido del barrio sonando abajo, yo soy la reina. Creo que es una suerte tener un padre borracho que gaste sus horas en el bar por el que podemos pagar nuestros gastos. Tanta suerte como que mi madre no se preocupe de mí ni un solo momento. Esa es la mejor libertad. Pero la soledad y el silencio se ven rotos cuando alguien llama a la puerta.
Apresurada, doy la última calada al cigarrillo que he conseguido con tanta facilidad, y lo apago en la suela de mi zapato de tacón, para esconder después lo que me sobra debajo de la almohada y así poder seguir fumando más tarde. No es extraño que alguien llame a mi puerta, como tampoco lo es que entren al portal: la casa de Cairenn McCourt siempre está abierta a todos. Es algo que se sabe por el barrio.
Dejo mi habitación atrás y recorro la poca distancia hasta la puerta de casa, la cual abro ansiosa esperando encontrar a cualquier chico del pueblo con una sorpresa para mí a cambio de mis encantos pero, al encontrarme a Michael Andoni al otro lado, me da un vuelco dentro. No será el más alto, ni el más rico, ni el más afortunado, pero es Andoni, Michael Andoni.
Al principio me le quedo mirando a los enormes ojos. Le saco una cabeza, pero tiene sitio aquí de sobra. Me percato de que trae una bolsa que sé reconocer mejor que mis propias bragas. Así que empujo la puerta con mis dedos para que se abra del todo. —Un bollo a cambio de un trabajo manual. Dos y te hago hombre en un minuto. —Le digo sin ningún preámbulo.“