Nos sentamos a ver los carteles pasar, uno a uno, respirando el aire del deseo cansado. Llevamos letras en nuestra espalda que no nos pertenecen, ideas fabricadas por una máquina olvidada. Somos figuras difusas en la arbitrariedad de la noche en un campo de trigo. Somos el humo del cigarro ajeno. El tabaco del alma subestimada, de la esencia de ébano. Llevamos cómo premisa el abstracto del color y la solidez de la palabra. Nos hemos vuelto dígitos, nos destruimos y nos armamos en unos cuantos pixeles y un par de binarios.
La Patata


















