Una foto mental, preciosa. "Recuerda esta frase" te dije una noche. Eran buenos tiempos. Era el amor bien entendido, libre, sin culpas. Era el amor que se expresaba en una esquina, con un semáforo en verde y dos corrientes de gente cruzándose entre sí, incrustada en la mitad de una ciudad que corría alegremente, con un atardecer maravilloso exhibiéndose solo para los atentos. Iba a casa con el cielo diciendo tu nombre a mi espalda, con la complicidad con la que siempre me observó cuando se maquillaba de naranjo las mejillas por la tarde, cuando te vi pasar, en medio del mundo, deslumbrando con tu sonrisa perfecta y con tus ojos clavados en el espectáculo que cinco minutos antes me había emocionado, aquel espectáculo que me había hecho pensar en ti y en la idea de escribirte, para que estuvieras donde estuvieras miraras el mismo cielo que yo, al mismo tiempo. No te escribí, era la época en que no hacía falta. Eso pensé antes de encontrarte con la mirada peligrosamente extraviada en el degrade nuboso. Efectivamente no hizo falta. Más perfecto fue descubrirte por sorpresa. Aún mi piel se eriza al recordar el instante preciso en que en medio de tanto ruido, de tantas personas y de tanto movimiento estabas tú concentradísima, con la expresión facial que solo proyectas cuando algo te emociona, cuando disfrutas plenamente. Perfecto fue interrumpirte, casi asustarte, en aquel cruce debido a tu aislamiento mental o emocional, quizás, conectada con ese paisaje y a través de él, conmigo también. Así se sintió. Eso era amor. Con todo lo maravilloso que ocurría a nuestro alrededor, lo más espectacular para mí, fue encontrarte. Tú eras siempre el más bello de mis atardeceres. Tu rostro disfrutando la vida era una foto mental preciosa. Una foto mental, preciosa. Dos de Mayo, 2016.










