Sentí que traicionaba mi dignidad, arrastrada por la costumbre, la lujumbre monotonía, de aquellos días donde el sentir era lo más importante, pero esta vez no era más.
La tristeza nos hizo beber de aquel café que se volvió insípido con los años; rancio; amargo; helado y sin sabor. Estuvimos ahí, donde emergió el sentimiento; de aquella postal desnuda, donde nuestros ojos vieron nacer el sentimientos, aquel lugar frío, con olor a comida empaquetada; la estación de paso, de desconocidos, amores, o conocidos en común.
Preguntó: –“te quedarás”–, no lo dijeron sus labios, sino aquellos ojos negros. Le susurré sin una sola palabra;–“siempre estaré”–, con toda la incertidumbre que yacía de mis venas.
La luz era tenue, luz de media tarde. Eran las 2 p.m.
Las dos; con dos cuerpos, dos almas, dos ombligos. Solo dos, en aquella habitación.
Sabíamos que era el final, o se sintió terminar.
Qué fue aquel privilegio de no tener la necesidad de jadear, porque nuestras almas eran el son.
Éramos dos, solo dos. Dos cuerpos en aquellas sábanas de motel, blancas como las nubes que pedían libertad, con dos cuerpos manchados de sangre, de odio, placer, amor, rocío, pasión y promiscuidad.
Recuerdo ver su cara, cuando sus lágrimas se desmayaron en sus mejillas, justo en el éxtasis, estando dentro, con mis manos libres, mi cuerpo inmenso, mi cabello por doquier, mis pies firmes y mis rodillas sobre lo blanco. Fue, lo más dulce, revolucionó mi ser, mi amor y lo que nunca hubo. Baje al blanco plano y lo tomé en mis brazos; lloró, por algo que no sé, y tampoco sabré.
“Desnudo completamente mi alma, sin desvestirme”, desde la yema, hasta lo intrínseco de aquel pequeño pensamiento. Fue él, solamente él.
¿Cómo se describen dos cuerpos bailando en la intemperie de la intimidad, entregando la malicia, la maldad y las mentiras, todo lo que no se entrega; los miedos?
¿Cómo se explica lo que se deja ir, pero se sigue sosteniendo?
Aquellas tardes, donde el jazz sonaba, la luz nos mandaba y el amor, aquel parecía asomarse por la ventana donde el Malboro buscaba salida.
“Te amaré, te amaré como pueda
Te amaré aunque no sea la paz
Te amaré, te amaré lo que queda
Te amaré cuando acabe de amar”, dijo Silvio. Él en el pórtico y yo, yo ahí, en la esquina de aquel cuarto de hotel, viéndonos a los ojos, con el miedo saliendo por mis ojos, el anhelo.
Aquella tarde de mayo, no hicimos el amor, nos hizo. Y fue, la última de toda una lista nueva.