Rumbo al mercado, sufriendo la subida al puente, entra una llamada. - nada puede ser tan importante para interrumpir mi bicicleteo- pienso.
Al contestar me dicen que estoy invitada a "un lugar" porque es cumpleaños de "alguien" nos vemos en la casa de mis suegros. Ugh, de regreso a mi lado del río... Pensé que iríamos a un restaurante, pero al llegar me encuentro con la calle cerrada, unas 50 personas, mesas llenas de comida e incontables botellas de vodka. Me presentan como la hija, todos me dicen cosas que yo, re bruta, no entiendo: "Toi khong hieu". Al parecer usaron la barrera lingüistica para hacerse mensos cuando les decía que ya no quería más comida ni más alcohol, brindis tras brindis y yo, fingiendo que le tomaba.
Me presentaron al cumpleañero, el abuelo de mi jefe, y su presencia me conmuvo, no... me impactó... no... no hay realmente palabras para la sensación de cuando se te enchina la piel pero se te hace chiquito el estómago y te sientes incómoda y solo quieres hacer una reverencia.
El porte de este hombre es el más elegante que he visto en mi vida.
Sus muchísimas medallas con oz y martillo, cintillos rojos sobre su saco verde, vestían a un rostro duro, de cachetes hundidos y ceño marcado.
Algo que nadie me negará es que detrás de esos ojos hay historias maravillosas, terroríficas, inexplicables, llenas de convicción, firmeza, honor... La curiosidad me carcomía, que terrible es no poder leer mentes; peor aún, no poder tener una conversación con alguien.
¿qué tantas cosas hizo este hombre? ¿qué opina de que una gringuilla esté en su fiesta de 90 años? ¿qué sentirá al ver a lo que hemos llegado como humanidad? ¿y como Vietnam?