El objeto mediador
“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”. Lo anterior es una cita de Coleridge incluida en el ensayo “La flor de Coleridge”, ensayo de Otras inquisiciones (1952), de Borges.
Entre los teóricos de lo fantástico, el nombre de esa “evidencia” corporal es “objeto mediador”: “objeto cuya presencia en el texto da testimonio de la veracidad de los hechos fantásticos narrados” (Ceserani 42). Son ejemplos modélicos de objeto mediador: en “Las aventuras de la noche de san Silvestre” (1814-1815), del indispensable Hoffmann, los folios que el general Suvarov escribe durante la noche que el protagonista y narrador recuerda como delirante, hasta que la mañana siguiente, al despertar, descubre sobre un buró la novela que el militar habría escrito la víspera. En “La muerte enamorada” (1836), de Théophile Gautier, la gota de sangre fresca que aparece en la comisura de los labios de Clarimonda, que sirve como prueba de que el monje Romualdo ha tenido relaciones con una muerta (49). También de Gautier, “El pie de la momia” (1840), en el cual el protagonista, habitante del siglo XIX, tiene una aventura de ensueño con una princesa del Antiguo Egipto. Cuando “despierta”, el personaje conserva una pequeña figura de la diosa Isis, regalo de la princesa (51). Los dientes de la joven amada en “Berenice”, que demuestran que Egaeus ha violado la tumba (60).
Ceserani, Remo. Lo fantástico. Visor, 1999.















