Música inspirada en los indios americanos, es una pieza perfecta para relajarse o practicar la meditación.
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Música inspirada en los indios americanos, es una pieza perfecta para relajarse o practicar la meditación.
Giacobini -Zinner
Transcurría como cualquier otra jornada, tal vez ese era el problema; habíamos adoptado a la jornada como piedra angular de nuestra desenvoltura, referencia y simbolo de paso. Inhalar, exhalar, cosas diferentes, p.arte de lo mismo. Pero aquí arriba no existe tal cosa. Ni jorn ni diurnus, aquello tan solo eran ciclos que nos habíamos inventado para sobrevivir a la continuidad del gran lienzo atisbado de agujeros por los que se colaba la luz. La única. Habíamos aprendido a pretender que teníamos amaneceres y atardeceres. Pero si aquí las estrellas no se escondían de nada, no se posaban sobre ningún horizonte. Aquí no existían horizontes, así que los creabamos utilizándolos como cómplices forzados y después los perseguiamos. Eramos nosotros los que daban vuelta a la nave para tapar con el casco a la estrella bajo la que decidiamos dormir esa ‘’noche’’. O a veces era suficiente con cerrar los ojos, y asegurar que el cosmos entero se había posado primero sobre sus cejas castañas, acariciado los pilares curvos de sus pestañas y luego descansado sobre el borde casi translucido de su parpado. Los dos lo sabíamos, nos escondiamos a conciencia. ‘’ Aquí la noche es todos los días’’,- me dijo en una ocasión que despertamos de frente. Acariciaba mi mejilla y nos soltamos a reír hasta que salian lagrimas y dolían las mejillas. ‘’entonces soñemos, si es así soñemos la vida entera’’, contesté. Al menos aun nos quedaba su humor tan semántico y mi optimismo basado en prescindir del pasado. Poco después los ojos se le rozaban de lagrimas como queriendo aferrarse a una superficie que hace mucho habíamos abandonado. Le solia pasar aquello durante lo que lo que habíamos terminado por llamar ‘’mañanas’’. De repente le daba por sacudirse la cabeza como cachorro y decir entusiasmado algo como: - Hey! vamos! vamos a regar las plantas del salón principal. Recuerda que somos la única tripulación que camina. Ellas no pueden alzar velas pero alzan vida, nos necesitan y las necesitamos- Poco tiempo después corríamos de un lado a otro nutriendo a nuestro jardín flotante, nos valiamos de toda suerte de artilugios, luz morada, goteros cronometrados, fertilizante congelado y música de vinil, horas de aquello. Olvidando por completo el timón, el cual habíamos dejado en modo automático desde que despegamos. Las plantas del salón principal eran solo una parte. Estaban las orquídeas del ala izquierda, las rarezas bioluminescentes que itercambiamos con el viejo comerciante, esas estaban en la sala de controles. Tambien estaban las inclasificables del ala derecha provenientes de todas las naciones, no olvidar las enredaderas en el observatorio. Ah! y por supuesto las macetitas en la recamara. Habíamos transformado a nuestra pequeña pieza náutica en un invernadero. Y nosotros, osos polares atravesando un invierno eterno. Cuando terminamos de regar trepamos al árbol que habíamos esculpido siguiendo el ejemplo de Axel Erlandson. Nos refugiamos en la casa sostenida por maderos frescos. Desde aquel sitio nos asomabamos por el domo gigantesco, cayendo siempre sobre nuevas piezas celestes, . Yo solía llevar conmigo el controlador portatil sin que el se percatara. Y entonces ¡BAM! apagaba el control de gravedad y salíamos suspendidos como polen. Abrazados, desbordados de risa y otras veces en llanto. Siempre unidos, danzando en medio del salón principal entre pétalos y ojas secas suspendidas que escapaban de las macetas-jaula. Sobre camas invisibles permaneciamos, convertidos en corrientes de viento que nosotros definimos, como definimos a nuestras jornadas.
Entonces el primer asteroide impactó contra el cristal del observatorio, y después le siguieron más, agrietando cada vez más a nuestro santuario, se trataba de una tormenta. El peor de todos logró destrozar la cabina de navegación, arrancando de raíz al timón que nunca tocamos. Otro perforó el observatorio, llevando consigo un circuito de oxigeno. Las llamas empezaban a devorar a las enredaderas y se extendían, formando remolinos, detrás de ellas el espacio crecía igual de silencioso. Corrimos hacia las capsulas de emergencia, pero antes de entrar me miró de nuevo con los ojos repletos de agua que no resbalaba, y sin decirme nada me apretó la mano. Entendí. Asentí. Corrimos a la sala de semillas. La puerta estaba atascada, una flama ya formaba una pared impenetrable. Enfurecido empezó a darle golpes a la pared, sin importarle las quemaduras. Vamos! - le gritaba, vámonos de aquí! Pero aquellos fragmentos eran la evidencia, resultado y punto de partida y ahora los perdíamos. Alcanzamos la plataforma de escape y tomamos una cápsula de emergencia. Cuando nos alejamos lo suficiente la nave se nos presentaba pereciendo entera por la ventanilla empañada. Él tomó el control portátil temblando, me tomo la mano tiernamente y juntos presionamos el botón de apertura de escotillas de descargue. Entonces la nave invadida en llamas empezó a despedir tras de si una nube de millones de semillas. Nos quedamos viéndolas, suspendidas, formando un cinturón de vida encapsulada Aguardando por tierra en que germinar. Náufragos, abrazados, hacíamos lo mismo. Encapsulados. Entendimos que también nosotros somos parte de la nube de semillas.