los mismos otarios de siempre,
con las manos rojas de tanto aplaudir,
festejando al tipo que les vende el cadalso
como si fuera una salida laboral.
se ríen, creen, agradecen,
porque pensar cansa y dudar es de traidores,
marchan contentos detrás del silbato,
ganado con ilusión,
jurando que esta vez el palo es distinto,
que la muerte tiene acento patriótico
y el hambre es un malentendido pasajero.
aplauden, siempre aplauden,
aunque el piso se hunda,
aunque la soga tenga nombre propio,
aunque el final venga firmando autógrafos.
ha en ellos una fe mugrienta,
una religión del desastre explicado con consignas,
una alegría de corral
ante el alambre que se cierra.
obedecer les ahorra el espanto
de descubrir que el verdugo
camina sostenido por sus propias manos.
mientras caen ordenados, convencidos
brindan por la caída,
le agradecen al guía la noche,
y todavía tienen resto
para insultar al que avisa
que ese aplauso
suena exactamente
igual que un réquiem.
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