Mi alma ni reseca, ni aporreada;
esa inmaculada bebe y no se embriaga,
anda el mundo y no se calza
ni envidia nada a la novicia lúbrica,
se empacha con pedazos de estío
y le queda el regusto del vino y la sandía.
A esa sólo le basta darse la vuelta con la carne tibia y las pestañas rizadas
y colorear un librito de La Pequeña Lulú en una sala de espera.
¡Ah, pero el espíritu…!
este exige el mundo con su cereza celeste
y se derrota con el velo ya puesto y las zapatillas diamantinas;
me ha negado ya tres veces en mi cadalso de los jueves
y se acurruca en mi espalda con su té de sieteflores
dando picotazos y tragos,
picotazos y tragos
como los invisibles que conspiran en mi contra.
(Mis versos no claman nada;
añoran la resurrección.
Mis versos no son menores;
mis versos ni versos son)









