Como en el caso de las otras aulas, las ventanas que daban al patio, cara al sur, estaban abiertas. Cuando Sadako se detuvo ante la cristalera una de las dos maestras, la que estaba delante de la pizarra —porque al parecer había dos a cargo de cada clase—, le echó una mirada como preguntando qué pasaba. Sadako, en silencio, le hizo ademán de que siguiera.
La otra maestra estaba sentada a un piano terciado junto a la pizarra, del lado de la cristalera. En el centro de la pared opuesta a la pizarra se encontraban un muchachito cubierto de flores de papel celeste de la mano de una chiquilla, ésta con flores rosa; a ambos lados colgaban dibujos infantiles a la cera. En la misma pared había un nicho con tres estantes en los que había ordenadas muchas cajitas iguales, que debían de ser de los colores, y a los lados colgaban de cualquier modo las escarcelas de plástico azul oscuro o rojo que los niños llevaban en bandolera.
Las minúsculas sillitas estaban dispuestas en dos filas pegadas a las paredes, y los niños dispersos por toda la clase miraban a la maestra, cada uno con una especie de pandereta —que tenía sonajas sólo en la mitad— en cada mano. Cantaban acompañados por el piano, y siguiendo el ejemplo de la maestra que sacudía el instrumento en los pasajes críticos, las agitaban con fuerza. Muchos pateaban el suelo a la vez que tocaban, no se sabía si obedeciendo a una pauta o por propia iniciaiva. Se oía el barullo de las dos aulas vecinas y del patio. Y además la ejecución de los niños era tan caótica que resultaba difícil captar la melodía o incluso el ritmo de aquella música, decididamente alegre.
Pero con todo Ukiko no se cansaba de aquel espectáculo. Como si el hijo de su antiguo amigo no se encontrara entre los niños... Y no es que, tras haberse señalado un fin, su espíritu flaqueara ya nada más entrar en la escuela y dirigirse a la oficina para preguntar por Sadako. Además, quizá el niño había faltado aquel día, no se podía dar por hecho que estuviera. Ukiko había ido sin saber si formaba parte de la clase de Sadako o de otra. Sin embargo desde el instante en que la joven secretaria volvió de avisar a Sadako, le tendió un par de chinelas, y, una vez calzada con ellas, entró en el parvulario —caso por demás insólito en ella— para luego ser invitada a la clase de Sadako, empezó a ver cómo surgía en su ánimo cierta dubitación respecto al propósito que se había fijado. Uno de aquellos niños con blusita celeste que a instancias de Sadako repetían en total cacofonía las letras de la pizarra... o de los que no se estaban quietos en su sitio en otra de las clases... o de los que brincaban en el patio de recreo a sus espaldas, era su objetivo. Cuando lo pensaba su corazón se aceleraba más que si hubiera sabido desde el principio cuál era. Su minúscula talla, sus gestos pueriles, sus imprevisibles reacciones y aquél ímpetu que exhibían eran todos rasgos magnificados por su mismo número y por la circunstancia de que ella no era madre. Aún más fuerte le latía el corazón cuando imaginaba los particulares de la empresa hasta su completa ejecución. Cuanto más los ponderaba, cuanto más contemplaba su propósito y el modo de culminarlo, mientras más vueltas le daba, más disfrutaba de aquel espectáculo.
Ukiko tenía ya la certeza de que su objetivo se encontraba entre los niños que cantaban y agitaban sus pequeñas panderetas en ambas manos acompañados del piano; no obstante seguía gustando del espectáculo sin el menor reparo. Estaba consciente de que entre aquella treintena de pupilos —o más exactamente entre la mitad: los muchachitos de blusa celeste— se hallaba el chiquito tránsfuga que había vuelto a su casa con la blusa en la mano, porque quería ver a su hermanito recién nacido: el mero hecho de saber que su objeto quedaba así circunscrito sin poder alcanzarlo la sumió en un deleite más agudo. Como regodeándose todavía en aquella viva sensación, se contentaba contemplando a los niños en grupo sin procurar identificar al que le interesaba.
Por mor de las otras maestras Sadako había evitado mirar al niño al acercarse a la cristalera, mostrándoselo a su amiga; pero entonces pareció juzgar que ya había pasado suficiente tiempo como para que el gesto resultara natural: «¿Lo ves, allí? El rapado —dijo Sadako señalando a Ukiko un niño en medio de la clase, a la vez que disimulaba mirando a otro arrinconado al fondo—. Detrás hay una niña ¿no? Pues el que está al lado... menudito... ¿ya lo viste?
[...] Cuando sonó el tambor el pequeño agitó sus panderetas con semblante de pura felicidad. Tal expresión de dicha era rara incluso en un niño. La música desembocaba una y otra vez en el mismo pasaje, y cada vez el rapaz parecía en el colmo de la felicidad al agitar sus instrumentos cuando batía el tambor. Los otros también esperaban con impaciencia la llegada del pasaje para sacudir las panderetas, intercambiando sonrisas y miradas, pero el caso del niño era singular. Como le había hecho notar Sadako, éste era un poco más pequeño de cuerpo que los demás, lo que volvía aún más conmovedores sus delicados hombros bajo la blusa celeste. Aunque tampoco parecía mal nutrido ni falto de ejercicio. Tenía un aspecto sano y atezado. Cuando llegaba aquel pasaje musical entrecerraba los ojos y apretaba los carrillos con fuerza. Lo embargaba tal euforia que quizá por eso se olvidaba de cantar el pasaje, teniendo toda la boca ocupada en expresar su felicidad.
Kōno Taeko















