Hay veces en que el sobrepeso es consecuencia de unos malos hábitos: poca o nula actividad física más mala alimentación en cuestión de horarios (saltarse comidas es tan malo como picotear entre horas), cantidad y calidad de los alimentos. Otras veces, el sobrepeso es el síntoma externo de que algo no funciona bien en nuestra mente. Cuando todo lo solucionamos comiendo, es bueno preguntarse qué necesidad es lo que estás intentando cubrir. Las primeras respuestas llevan a sentimientos tales como: calmar la ansiedad, calmar el estrés, la pena, el enfado, el aburrimiento... Esa es sólo la primera capa. Luego uno a uno hay que preguntarse: ansiedad ¿de qué? ¿Qué provocó mi estrés? ¿Porqué estoy triste? ¿Hay otra forma de evitar el aburrimiento? Desde que estoy más atenta a mis emociones, soy más capaz de darme cuenta en qué situaciones quiero comer por hambre y cuales por cualquiera de las razones anteriores. No todas ellas he sido capaz de frenarme, pero otras muchas sí. La báscula ha dejado de ir para arriba y si bien no he bajado mucho, entre medio kilo y un kilo, dependiendo del día, sí que me siento menos hinchada, más ligera. Si vemos el sobrepeso como una enfermedad, intentaremos curarlo con dietas. Si lo vemos como un síntoma, buscaremos la verdadera razón. Pararemos a ver qué sucede en nuestro interior. Nos daremos lo que en realidad necesitamos. La segunda opción es más dura, pero más efectiva a largo plazo.